El corto siglo soviético (1917-1989). Un balance histórico.

cartel_congreso_comunismo

El historiador marxista británico Eric J. Hobsbawm, en su Age of extremes, fue quien estableció una temporalización para la pasada centuria a la que denominó “el corto siglo XX”, cuyos hitos inaugural y de clausura coinciden, respectivamete, con la Revolución de Octubre y la caída del Muro de Berlín. Se puede calificar el siglo XX como el siglo soviético, un periodo marcado por el surgimiento, el esplendor y la caída de un modelo alternativo al capitalismo a escala planetaria. 1917 y 1989 marcan el orto y el ocaso de la experiencia comunista o, como se dijo entonces, del “socialismo realmente existente”.

Antes de 1917, el mundo industrializado se vio inmerso en la vorágine de la Gran Guerra, que acabó con el optimismo de la “Belle Époque” capitalista, del sueño del crecimiento material ilimitado y del liderazgo moral –fruto de la hegemonía política, económica, tecnológica y científica- del mundo industrializado. Sobre las cenizas de la Primera Guerra Mundial, los escombros de los imperios colapsados y las antiguas certidumbres pulverizadas se reconstruyó un universo de democracias fragilizadas, nacionalismos revanchistas, economías internacionalizadas patológicamente proclives al contagio especulativo y sociedades desorientadas y medrosas, propensas a soluciones radicales en defensa de un orden tradicional amenazado por la irrupción de las masas en la vida pública y habituadas ya a lo que el propio Hobsbawm caracterizó como “barbarización de la política”.

La Revolución de Octubre nació de la movilización de masas aplicada intensivamente a un sistema político corroído por sus contradicciones internas y debilitado por los desatres bélicos. La cadena imperialista se rompió por su eslabón más débil, como analizó Lenin. Pero la onda de choque fracasó en su intento de extenderse hacia el Oeste. En 1923, con el fracaso de las revoluciones alemana y húngara y el aplastamiento de la Raterrepublik de Munich, el ciclo revolucionario alumbrado en Octubre se extinguió. Había que adaptarse a una realidad hostil. El comunismo se configuró entonces como un sistema basado, inicialmente, en la existencia de un centro director, la URSS, y un movimiento internacional (la Komintern) dispuesto a extender su influencia como si de un ejército mundial se tratase. La defensa de la URSS como primer ensayo de desarrollo de un sistema basado en el supuesto control de la producción y de los mecanismos del poder por parte de los trabajadores atrajo, desde sus propios orígenes y hasta los años 30, las simpatías y el propósito de emulación de amplios sectores del movimiento obrero y de la intelectualidad progresista. Del “socialismo en un solo país” de los años 20 se pasó a la conformación de los Frentes Populares contra el fascismo en los 30, poderoso movimiento aglutinante que coadyuvó tanto a la conformación de la posterior resistencia actuante durante la Segunda Guerra Mundial como al logro de decisivas reformas laborales y sociales en lo que se considera uno de los más fructíferos periodos de contribución a la formación de un imaginario común del movimiento obrero organizado.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento comunista se extendió en dos sentidos, tanto en la consolidación de nuevos países que adoptaron un sistema similar al soviético (las “democracias populares” del Este de Europa) como en la ocupación de un papel de liderazgo en los procesos de descolonización o en la revolución china, procesos en los que ejerció la doble atracción de, por una parte, la ideología voluntarista y radical que podía impulsar gigantescos “saltos adelante” en el desarrollo industrial y la producción de infraestructuras y bienes de equipo, como, por otro lado, la apuesta por una modernización racional y planificada a cargo de un núcleo de dirección disciplinado e instruido. Al propio tiempo, la implantación del comunismo en más de una cuarta parte del globo impulsó la adopción, en el mundo capitalista, de reformas para integrar a la clase trabajadora en el sistema, en lo que acabaría por conocerse como estado del bienestar.

Aunque el monocentrismo soviético se vio cuestionado tras la ruptura con China a comienzos de los 60, la naturaleza del sistema tal como se había configurado en la URSS, con una “cultura de guerra civil” y depuración de “enemigos de clase”, primero, y una “cultura de guerra fría”, después, propició un cierre sobre sí mismo y su anquilosamiento a partir de los años 70. La combinación de represión de la disidencia  – aunque, ciertamente, a una escala menos extensiva y menos sangrienta que durante las grandes purgas de los años 30- y de una incapacidad ingénita para la producción eficaz y suficiente de bienes de consumo por la primacía concedida a la industria de base, erosionó las bases del sistema y explica su rápido y casi en todos los casos incruento desplome a fines de los 80.

Después de 1989, los restos del mundo socialista fueron anegados por el tsunami económico neoliberal. Los gobiernos de los antiguos países del bloque socialista fueron sustituidos, en buena parte, por cleptocracias emanadas del seno de la antigua nomenklatura o por representantes de corrientes ultraconservadoras y rampantemente chauvinistas que se repartieron o disputaron –según los casos- los despojos de los grandes sectores estratégicos de la economía y desmontaron todo vestigio del viejo estado-asistencial, sumiendo a sus países en una crisis social involutiva solo amortiguada por la llegada de los fondos de cohesión procedentes de la Unión Europea y la emigración masiva como válvula de escape. En el plano político, la implosión del comunismo dejó espacio libre para una nueva modalidad de bipolaridad radical, sucesora de la Guerra Fría: el capitalismo revitalizado por Reagan y Thatcher se enseñoreó del mundo occidental, de gran parte de América Latina y Asia (incluida China, con su paradójico modelo de economía de mercado ultraliberal y monopolio del poder político por una burocracia gerencial). Ante el reflujo del movimiento socialista mundial, su papel en el antagonismo antiimperialista ha sido asumido por el islamismo radical.

Con la caída de la URSS y la desaparición del bloque socialista se cerró un ciclo de la historia contemporánea, iniciado durante la fase jacobina de la Revolución francesa, caracterizado por la irrupción de los dominados y los desposeídos de la sociedad en la escena política, con vocación de participar en ella para instituir una sociedad sin clases, basada en la armonía y la igualdad. El fracaso de la experiencia soviética, precisamente por lo que suponía, en cuanto idealización, de encarnación de esa nueva sociedad al servicio de los trabajadores, dejó un territorio arrasado que ha favorecido, durante los últimos años, el avance imparable del neoconservadurismo capitalista y la actual toma de posiciones de asedio contra el estado del bienestar.

(Ponencia del congreso ¿Qué es comunismo? UCM, 2011).

Enlace a vídeos:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s