Mujeres, política y modernidad en la España de los años 30.

 

Los años 30 del siglo XX fueron testigos de la incorporación a la actividad política y social de una comprometida generación de jóvenes en un contexto marcado por la crisis del sistema, el ascenso del fascismo y la fascinación por la leyenda de la revolución rusa. Muchos de ellos eran  mujeres menores de 23 años –el límite entonces de la mayoría de edad femenina-  que se sumaron con entusiasmo al trabajo en las fábricas y a la participación en partidos y sindicatos. Una de cada cinco personas con cargos de responsabilidad durante el periodo de la guerra civil española (1936-1939) fueron mujeres. «¡Paso a la mujer!» fue una de las consignas más divulgadas en aquellos tiempos. Por primera vez, las mujeres accedieron a otras formas de vida y sociabilidad que no eran las que tradicionalmente les reducían a los ámbitos de la familia, la casa y la iglesia. En otras palabras, la política fue la forma en que lasmujeres jóvenes tuvieron acceso a la modernidad bajo la Repúblicaen guerra.

 

Avances y resistencias.

 

En las factorías de aviación de Alicante, por ejemplo, elClub Femenino de Fábrica, en el que militaban ochenta mujeres,montó una casa-cuna para compatibilizar maternidad y trabajo y realizó una selección de obreras especialistas para la imparticiónde un curso de aprendices. En Alcoy, las trabajadoras de las fábricas textiles, tradicionalmenterelegadas a tareas no cualificadas, consiguieron la apertura a las mujeres de laEscuela de formación profesional de la localidad, a la quecon anterioridad solo accedían hombres.En Ocaña, sesenta mujeres se incorporaron en el otoño de 1938 a los trabajos del campo; en Puebla de Almoradiel, «una viuda de guerra con once mujeres ha podado 15.000 cepas»; en la colectividad agrícola de Madridejos quedaron solamente ocho hombres, que «con once mujeres y seis chicos sembraron 100 fanegas más que el año pasado». En las organizaciones provinciales de los partidos, como el Comunista, los comités de dirección contaban con un 50 y hasta un 75% de mujeres.

Pero no debe extraerse de todo lo anterior la impresión de que el avance de las mujeres estaba definitivamente consolidado. Todavía pervivían viejos prejuicios. La prensa de Toledo denunció que en «Sonseca, a las mujeres se les paga la mitad; tampoco se les permite participar en los sindicatos». En Levante, la incorporación de la mujer al trabajo tropezaba con el inconveniente de que «los Sindicatos no quieren. Por acuerdo del Comité de Enlace UGT-CNT no se quería dejar entrar a trabajar a ninguna en las fábricas de Aviación pero en la asamblea que se hizo por los trabajadores se acordó que sí podían hacerlo». En Albacete se informaba que diariamente acudían decenas de mujeres a inscribirse al trabajo, «pero son muy pocas las colocadas por la resistencia e incluso oposición de los sindicatos. Únicamente en los metalúrgicos que es donde tiene el Partido Comunista [tiene mayoría] y donde encontramos más apoyo».

 

Las organizaciones de mujeres: una lucha contracorriente.

 

En el periodo de anteguerra se había considerado la cuestión de la liberación de la mujer como secundaria respecto a la emancipación de clase. Fue la guerra la que cambió radicalmente esta perspectiva. Aunque en un principio, el papel de la mujer se consideró complementario al del hombre (“¡Hombres al frente, mujeres a las fábricas!”) la masiva incorporación de chicas jóvenes a la actividad política acabó por imprimir un cambio a la valoración del papel de la mujer en la sociedad. La Asociación de Mujeres Antifascistas (AMA), de ideología marxista, llevó en su programa la defensa del derecho de la mujer a la educación, la reivindicación de los derechos civiles, de la justicia igualitaria y la incorporación plena de la mujer a la vida social y política del país. Por su parte, las anarquistas fundaron Mujeres Libres, cuyo objetivo era la emancipación de la mujer de la esclavitud, de la ignorancia y de la sumisión sexual, mediante la educación, la capacitación profesional y la información sobre las prácticas de contracepción. En Barcelona, Mujeres Libres estableció comedores colectivos, organizó cursillos de enfermeras y puericultura, abrió una Escuela de Chóferes para mujeres para ser útiles en los Servicios de Sanidad de la retaguardia e impartió cursillos para capacitar a mujeres como conductoras de tranvías.

Las activistas proclamaron orgullosamente sus logros frente a la tozudez de sus compañeros masculinos. En Madrid, por ejemplo,  las responsables de Sector Oeste del PCE, Victoria Moreno y Mercedes Zamaloa, lideraban una organización que superaba los 3.000 militantes, con 10 células de empresa. Habían puesto en marcha una Escuela con cursos internos y externos; organizado conferencias semanales; dotado y abierto una biblioteca y una escuela de formación premilitar; y habilitado un «estudio rojo» para la rotulación de pintadas y pancartas. Sin embargo, fueron la excepción. Las mujeres con cargos de responsabilidad ocuparon puestos que, generalmente, correspondían al perfil de su condición femenina. En las escuelas de formación política se puede constatar un fenómeno característico que define hasta qué punto pervivían, incluso entre las organizaciones de la izquierda, las viejas mentalidades y prejuicios machistas: En los balances de calificación, se observa una tendencia a la minusvaloración de las mujeres frente a los hombres (un 56,8% de hombres fueron valorados como de un nivel “bueno” frente a un 42,6% de mujeres) a pesar de que ellas fueron convirtiéndose a cada nueva convocatoria en el contingente más numeroso. Al mismo tiempo, se constata una mayor indulgencia respecto a los hombres con un nivel de preparación “regular o débil” que, sin embargo, lograban en su mayoría promocionar a puestos de responsabilidad superior: Un 76,5% de hombres frente al 59,3% de mujeres. Las evaluaciones del alumnado, según su sexo, también eran elocuentes. De los hombres se destacaban rasgos propios del carácter masculino: “carácter individualista”, “hosco”, “carácter autoritario”, “reacciona con alguna violencia ante la crítica mostrando cierta resistencia a la autocrítica”; “autosuficiencia”. Entre las mujeres predominaban las valoraciones de carácter emocional o que aludían a rasgos considerados como inherentes a su condición femenina: “Carácter azorado”, “su característica de muchacha joven le hacía tener alguna incomprensión al distraerse en el recreo”; “se conforma con las explicaciones que se le dan”; “se agobia ante el exceso de trabajo”; “carácter tímido, nervioso y servil ante el jefe y sin embargo superior y vanidosa ante los demás. Poca firmeza revolucionaria y concepto sentimental de la revolución”; “Es rencorosa y vengativa. Esto motivaba que la crítica la ejerciese en sentido destructivo y que al propio tiempo rehuyese la autocrítica”.

 La valoración discriminatoria hacia las mujeres no pudo evitar que, como se señaló anteriormente, acabaran constituyendo el grueso de los nuevos ingresos en los partidos republicanos y que las direcciones nacionales de estos se plantearan seriamente remover los obstáculos que se oponían a su promoción. Eso explicaría por qué, tras la derrota, las mujeres fueron encargadas de las primeras tentativas de reconstrucción de la organización, como Matilde Landa en el caso del PCE; y el ensañamiento de la represión franquista sobre ellas, ejemplificado en las “Trece Rosas”, muchas de ellas menores de edad, que fueron fusiladas el 5 de agosto de 1939. Estremece pensar que sobre las espaldas de estas chicas, tan incomprendidas por sus propios compañeros, iba a recaer la tremenda tarea de reconstruir unas organizaciones clandestinas en las terribles condiciones de represión que a muchas de ellas les costarían la vida.


Publicado en Alamedas, revista del IES Salvador Allende de Fuenlabrada (Madrid), 2013.

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