Juventud y violencia política en los años de formación del Partido Comunista de España (1920-1931)

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“Sacerdotes de una nueva Orden, impregnados de férreo espíritu sectario [y con un] alto sentido de solidaridad entre nosotros y una marcada tendencia para considerar como enemigos a todos los que no formaran parte de la Orden. Contábamos con certezas indudables, científicas, a largo plazo; los inconvenientes no contaban. La victoria sería nuestra. Porque éramos comunistas, porque éramos jóvenes”.

Pedro Baptista da Rocha[1]

En la primera década del siglo XX las ciudades industriales del norte de España experimentaron un espectacular crecimiento, al calor de la entrada de capitales extranjeros atraídos por la intensificación de la explotación de las minas de hierro. La instalación de los altos hornos y el subsiguiente desarrollo de la industria siderúrgica impulsaron el crecimiento de núcleos como Bilbao, y trajeron consigo una creciente necesidad de mano de obra para la que, no bastando los habitantes de los territorios limítrofes, hubo de recurrirse a los emigrados de otras regiones. Hacia 1910, menos de la cuarta parte de los trece mil trabajadores de las minas de Vizcaya eran originarios de la provincia[2].

Fue en este ambiente en el que floreció el obrerismo, sus organizaciones y sus manifestaciones. Los mítines eran frecuentes en el ambiente proletario del Bilbao de la época, donde podía escucharse la retórica de Indalecio Prieto, Óscar Pérez Solís y Facundo Perezagua[3]. La agitación obrera había llevado a un gran fortalecimiento de las organizaciones de la izquierda, especialmente entre 1914 y 1918. Vizcaya era escenario de la pugna entre la izquierda burguesa –representada por los republicanos-, el socialismo obrero, y la derecha nacionalista, que en aquél tiempo era al mismo tiempo antimonárquica, antirrepublicana, antisocialista, antidemócrata, y opuesta, en general, a lo que denominaba la irrupción de “esas rojas muchedumbres extranjeras”[4]. La ría, con sus dos orillas, marcaba la separación entre el área de influencia del nacionalismo -la margen derecha del Nervión, el antiguo bastión del carlismo- y el territorio situado en la margen izquierda, hegemonizado por los socialistas.

 En 1917, la revolución rusa se convirtió en el tema central de debate y en la piedra de toque de las posiciones del movimiento socialista en toda Europa. A la Internacional Obrera Socialista – o Segunda Internacional-, desprestigiada por no haber sabido detener la guerra imperialista y acusada de incurrir en las posiciones chauvinistas que habían conducido a la masacre a la clase trabajadora europea, se oponía la nueva Internacional Comunista  (IC) – la Komintern o Tercera Internacional-, que agrupaba en su seno a los simpatizantes del Octubre soviético. En 1919 el congreso del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) aplazó circunstancialmente su toma de decisión sobre la adhesión a la Komintern. En 1920 las Juventudes Socialistas decidieron no aguardar más y se constituyeron en Partido Comunista español (PC), aceptando las veintiuna condiciones de adhesión impuestas por la Komintern, que implicaban –entre otras cosas- la sujeción a la estrategia mundial de la IC, la ruptura total con el reformismo, la adopción de un modelo de partido de vanguardia, centralizado y sometido a una disciplina casi militar, cuyas filas habrían de ser sometidas a un depuración sistemática y periódica. Poco después, la minoría “tercerista” que aún quedaba dentro del PSOE acordó separarse y fundar el Partido Comunista Obrero Español (PCOE). Un año después, y por orden de la Internacional, ambos grupos se fusionarían para crear el Partido Comunista de España (PCE).

Al menos el ochenta por ciento de las juventudes de la provincia de Vizcaya, según el testimonio de uno de los pioneros del comunismo vasco, Leandro Carro, se unió al PC. La vizcaína se constituyó en cabeza de una de las federaciones comunistas más fuertes. Los neocomunistas o moscuteros –como fueron denominados peyorativamente por sus adversarios socialistas- lograron convocar a quinientos militantes para constituir la Agrupación Comunista de Bilbao. Otro tanto ocurrió con las agrupaciones de las zonas fabril y minera, de Sestao y Baracaldo a Somorrostro, y con los principales sindicatos, donde los comunistas contaban con numerosos simpatizantes y, en ocasiones, controlaban la mayoría de la organización hasta su expulsión en 1922.

Estos años iniciales estuvieron marcados por  el radicalismo izquierdista del nuevo partido. Óscar Pérez Solís, atrabiliario personaje de origen militar, pasado al socialismo, primero, y al comunismo después, señaló que la violencia “no era un arma que esgrimiese un solo partido, pues, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, no se reparaba en procedimientos de combate cuando las pasiones se encrespaban a impulsos del odio político o del odio de clases”[5].  En torno a Pérez Solís se formó un grupo de jóvenes cuya formación política era tan escasa como intensa su vocación por la acción directa. Solís fue elevado al puesto de Secretario general del Partido Comunista de España en julio de 1923, siendo cooptado como miembro del ejecutivo de la Internacional Comunista en julio de 1924. Su estrategia para compensar la relativa debilidad frente a los socialistas consistió en la creación de un núcleo de “hombres de acción”, al estilo anarquista, que se vieron implicados en violentos altercados como la convocatoria en solitario de una huelga general en Vizcaya en protesta contra el embarque de tropas del regimiento Garellano con destino a Marruecos, el intento de atentado contra la sede del periódico bilbaíno El Liberal, en el que colaboraba Indalecio Prieto, el 23 de agosto de 1923, y el enfrentamiento armado con la policía por la toma de la Casa del Pueblo, en cuyo transcurso Pérez Solís resultó herido de gravedad. Solís recordaba que los grupos de jóvenes comunistas se encontraban “contaminados de los métodos sindicalistas”, tendían al desencadenamiento de numerosas huelgas inoportunas, frustradas en su logro por el planteamiento de objetivos maximalistas y el desarrollo de comportamientos extremadamente violentos. La aureola que rodeaba a los sindicalistas de Barcelona sedujo a los grupos de jóvenes comunistas; sus métodos aparecían ante sus ojos como la manifestación de lo más genuinamente revolucionario, y el ansia de  ser más radicales que los anarquistas condujo, en algunos casos, a ir tan lejos como ellos en el empleo de esos métodos, como, por ejemplo, las “expropiaciones” de cajas fuertes en bancos y empresas a punta pistola. No faltaba para ello, el referente justificador de lo que había hecho Stalin durante sus primeros años de militancia para contribuir a las finanzas del partido ruso[6], aunque años después, al dirigente comunista Vicente Uribe no dejaban de parecerle comportamientos rayanos en la delincuencia común:

“Algunos – señalaba Uribe- empezaron a ‘trabajar’ por su cuenta y alardeaban de sus ‘hazañas’ en los barrios altos de Bilbao que tienen la misma significación que los barrios bajos de Madrid. La mayor parte de ellos no trabajaban o trabajaban muy poco y estaban desligados del grueso de la clase obrera a la que esta clase de hazañas le producían muy mal efecto y no las aprobaban”[7].

Hasta tal punto habían calado entre los jóvenes vizcaínos los métodos de los que García Oliver denominaba “los reyes de la pistola obrera” que Bilbao se situó en cabeza en cuanto al número de atentados per cápita –solamente superada en términos absolutos por la capital catalana- en los años previos a la Dictadura de Primo de Rivera[8].

El peso del extremismo y el recurso a los métodos violentos de actuación se prolongó durante años y dejó profundas huellas de carácter sectario en la formación de los primeros militantes comunistas. Todavía en los tiempos inaugurales de la República recordaba Uribe como en su primer contacto con un comité de radio de la zona minera, muy importante por el  número de afiliados, asistió a una  reunión en la que el secretario, un tal Martín, apodado “Petaca”, empezó preguntando a los asistentes cómo está la cuestión de las pistolas, cuántas balas tenían en depósito, si ya se habían preparado las bombas de que habían hablado. Es decir, el Comité de radio se ocupaba en primer lugar y exclusivamente en aquel caso, por lo que me pude enterar después, de hacer la revisión de los pertrechos de guerra. Este era realmente el trabajo principal del Comité de Radio, además de cobrar las cotizaciones. “Petaca” tenía gran autoridad porque había estado algunos años preso en el penal de Burgos a causa de un hecho donde habían hablado las pistolas. Yo hice las observaciones pertinentes en cuanto al enfoque por parte de “Petaca” de las actividades del Comité de Radio, que yo como Secretario del Comité Regional no había ido para eso, que eran los problemas del Partido y su labor lo que interesaba examinar, etc. Ante mis palabras –la reunión se celebraba en un monte- “Petaca” se levantó y se marchó. Los demás no dijeron nada sobre esta actitud. Pude enterarme de que las ocupaciones más importantes del Comité de Radio eran esas que yo había interrumpido con mi intervención”[9].

Los jóvenes que arribaron a comienzos de los años 20 al partido bajo el hechizo del ejemplo bolchevique adolecían de espontaneísmo, indisciplina, atracción por la violencia y un cierto instinto apolítico. El extremismo conducía a casos como el de la agrupación comunista de Sestao, donde“se pasaron varios días discutiendo si aceptaban las condiciones de vida legal del Partido, es decir, las posibilidades de trabajo legal y abierto que se podía realizar durante el régimen monárquico constitucional, porque muchos lo consideraban atentatorio a la dignidad de revolucionario aceptar y aprovecharse de las pocas libertades que concedía la monarquía. No queremos nada concedido por la burguesía, decían, se lo arrancaremos, como si lo poco logrado hasta entonces no fuese también arrancado y logrado después de decenas de años de lucha de la clase obrera y de las fuerzas democráticas españolas”[10].

En cualquier caso, los comunistas participaban de una violencia que se encontraba presente en el ambiente desde tiempo antes a su irrupción en la vida política. El rasgo peculiar de Vizcaya es que esa violencia no se ejercía preferentemente, como en el caso de Barcelona, contra representantes de la patronal o sicarios parapoliciales, si no que era una violencia interna, de competencia por el dominio sindical entre las distintas ramas del movimiento obrero. Leandro Carro, que  se incorporaría al movimiento comunista en los años 20, recordaba varios casos de confrontación entre socialistas y anarquistas en los tensos días de 1919, cuando los que los anarcosindicalistas pretendieron extender su influencia a Euskadi, disputándole la base social a la Unión General de Trabajadores (UGT). Entre el 15 y el 20 de agosto de 1919, por ejemplo, los anarquistas convocaron una huelga general en la empresa siderometalúrgica de Echevarría, en Bilbao, cuyo sindicato estaba controlado en su mayoría por los socialistas. El comité del sindicato reunió una asamblea que presidió Carro, en la que la mayoría socialista acordó volver al trabajo a la mañana del día siguiente. Los anarquistas replicaron que “estaban dispuestos a mantener la huelga ocho días, pues tenían las ‘pipas’ aceitadas”. Carro replicó que tuvieran en cuenta que había más “pipas” que las suyas y, al día siguiente, los obreros se presentaron al trabajo bajo la protección de los socialistas, que como Carro se encargaba de subrayar, no iban “descalzos” (esto es, desarmados). Mediaron algunas provocaciones entre partidarios y contrarios a la huelga, que dieron lugar a pequeñas refriegas, pero los trabajadores se incorporaron al trabajo. Los anarquistas intentaron ajustar cuentas con Carro dos meses más tarde, y tomando por él a un tal Alonso, le tirotearon cuando se dirigía al anochecer por la orilla de la ría camino de la casa del Pueblo. Aquella misma noche, los socialistas batieron las calles de Bilbao al grito de ¡viva la UGT! y ¡Mueran las provocaciones! en busca de simpatizantes anarquistas, a los que golpearon en represalia por el atentado contra Alonso.

En otra ocasión, a principios del año 21, y ya militando en el comunismo, el grupo de Carro se enfrentó a otro venido de Barcelona “para imponernos por la fuerza el anarcosindicalismo”:

“Nosotros nos enteramos de ello y fuimos a la calle del Gimnasio, donde estaban reunidos. Llamamos, no nos abrieron, y aquí fuimos más anarquistas que todos ellos. Saltamos la cerradura de la puerta a tiros; ellos contestaron cerrados en una habitación que daba a un patio trasero, y nosotros hicimos lo mismo con la segunda puerta; mas el tiempo perdido en la refriega antes de poder estar frente a frente y al descubierto, lo aprovecharon para tirarse al patio y escapar. Así y todo cogimos a tres medio destrozados del golpe que se dieron, les llevamos a un lugar fuera de allí, y de tal medio les cantamos la cuarenta, diciéndoles que estábamos dispuestos a terminar con todos ellos si no se iban a todo correr al lugar de donde vinieron, que al primer tren de la noche salían todos para Barcelona, diciendo que les habían engañado sus compañeros de Bilbao. Después de esto no nos volvieron a molestar más, ni los de fuera ni los de Bilbao, pues comprendieron que las uvas estaban verdes” [11].

Los comunistas también podían convertirse en víctimas en los enfrentamientos con los socialistas. En abril de 1922 hubo una gran huelga minera contra la rebaja de los salarios, dirigida por los comunistas, a la que los socialistas se oponían. Los enfrentamientos culminaron con el atentado a consecuencia del cual José Bullejos, quien luego sería secretario general del PCE, resultó herido y lisiado de una pierna.

En este contexto, para garantizar el reclutamiento de nuevos militantes aguerridos y dispuestos a todo, se recurría a métodos aberrantes:

“[Hacia 1923] Formado el grupo juvenil en Baracaldo, buscábamos miembros y cuando ya estaban ‘maduros’ les proponíamos matar al jefe de la guardia municipal que era el tipo más odiado del pueblo. Si aceptaban entraban en la Juventud, si no dábamos largas al asunto y estudiábamos sus características de supuesta valentía (…)  No hace falta extenderse sobre su repercusión en cuanto al reclutamiento que era muy escaso. Al proceder a poner las condiciones antedichas queríamos poner a prueba a través de propuestas extravagantes y falsas, si ya estaban duros y dispuestos a todo por la Juventud Comunista”[12].

El prurito revolucionario arrastraba a los comunistas a la exteriorización de las actitudes favorables a la violencia o les erigía en audaces dirigentes de conflictos laborales de cierta envergadura, pero les incapacitaba para arrancar logros de corto alcance mediante la negociación. La postguerra mundial iba a poner a prueba la capacidad de las organizaciones obreras para defender las conquistas arrancadas durante los años anteriores. En 1922 la patronal presentó su proyecto de disminuir los salarios de los metalúrgicos en un doce por ciento. Fundaban su posición en la existencia de una crisis mundial de superproducción y en el desplome de los pedidos para la industria siderometalúrgica. Aunque la industria pesada española estaba muy poco desarrollada en comparación con otros países, el mercado interior en aquel periodo era muy débil aún y no era capaz de absorber los excedentes.

Como respuesta de desató un conflicto laboral que duró casi tres meses. El PCE, que  defendía por entonces la línea política de Frente Único -la unidad de acción de las bases de las organizaciones obreras al margen e incluso contra las directrices de sus dirigentes- tenía mayoría de representantes en un comité de huelga donde también participaban socialistas y sindicalistas, aunque estos tenían muy poca influencia en Vizcaya. Comunistas y sindicalistas eran partidarios de la resistencia a ultranza y de no ceder bajo ningún concepto. Los socialistas, por contra, predicaban la transigencia y la negociación, lo que les costó ser acusados de capituladores y defensores del principio de “repartamos la miseria”. La huelga fue completamente pacífica. Las asambleas se realizaban en las plazas públicas, el comité daba cuenta de su gestión y las asambleas se pronunciaban sobre ella y sobre la conducta a seguir. Los huelguistas recibieron muestras de solidaridad por parte de otras capas de la población: Pescadores y aldeanos entregaron parte de sus mercancías gratuitamente a los huelguistas; los comerciantes daban artículos imprescindibles a crédito. Pero la huelga se eternizaba, y comenzaron a acabarse los recursos en los hogares de los trabajadores. Se planteó entonces el problema de cómo terminar el paro. Los dirigentes comunistas y los sindicalistas, la mayoría del comité, no estaban preparados para negociar la desmovilización sobre la base de aceptar una rebaja en los salarios. Estaban instalados en el principio de “todo o nada” y, como señala Uribe, “no estaban preparados ni mental ni sicológicamente para negociar el fin de una lucha huelguística imponente que no terminaba con la victoria de los obreros”. Por lo tanto, se retiraron del comité y cedieron el puesto a los socialistas. A pesar de todo, los militantes más extremistas, en particular los jóvenes, trataron de imponer la opción de continuar la huelga indefinidamente al propio Comité Regional del partido y a los dirigentes del paro, mediante la acción de grupos de pistoleros formados por algunos jóvenes comunistas de Bilbao, estimulados por José Bullejos. Incluso se manejó la posibilidad de dinamitar la línea de alta tensión que suministraba electricidad a la ciudad y sus fábricas, intentándolo sin éxito. “El extremismo más extremo –concluye Uribe- era el considerado como el más revolucionario (…) Negociar aparecía como una traición, hacer como los socialistas, y esto por nada del mundo se podía hacer entonces”. La huelga finalizó con una rebaja del ocho por ciento en los salarios en vez del doce que se proponían los patronos. La propuesta de acuerdo fue sometida a referéndum de los obreros y aprobada por mayoría, aunque un fuerte contingente, influido por la corriente extremista del PCE, votó por proseguir la huelga.

La violencia política en Bilbao alcanzaría su clímax en el verano de 1923. Desde hacía seis meses se venía desarrollando un conflicto protagonizado por los mineros, liderados por los comunistas que, aún siendo minoría en los sindicatos socialistas –en los que, a pesar de haber sido expulsados oficialmente se mantenían informalmente a título de Comités Sindicalistas Revolucionarios– habían logrado controlar la Casa del Pueblo. El 23 de agosto, último día de la feria de Bilbao, Oscar Pérez Solís decidió dar un golpe espectacular. En la noche del 22, celebró una reunión en la cuenca minera con los “hombres de acción” y con los dirigentes del partido. Allí se acordó declarar la huelga general en la ciudad para el día siguiente. El motivo era que debía partir para Melilla un batallón del Regimiento Garellano, en cuyo cuartel, próximo a la Casa del Pueblo, se habían formado algunas células que se habían comprometido a sublevarlo al embarcar. Otras células de unidades de la guarnición de San Sebastián, también enviadas a Melilla, debían sublevarse a la vez que las de Garellano a las órdenes de un cabo comunista, apellidado Barroso. Los socialistas habían impartido órdenes taxativas de que los suyos no secundaran la huelga.

Al amanecer se desarrollaron los primeros incidentes en las cocheras de los tranvías y en las entradas de Altos Hornos. En las primeras horas, la sorpresa favoreció a los comunistas, pero poco a poco las fuerzas policiales se pusieron en marcha. En los primeros instantes, los piquetes disparaban al aire sin tirar a dar, con la intención de asustar a los obreros que pretendían entrar a los tajos. Pero, cuando avanzó la jornada y vieron que muchos no les obedecían, principalmente los tranvías y los demás medios de transporte, empezaron a disparar a los conductores. En la cuesta de la calle de San Francisco, un hombre joven— Jesús Iribarren, herido y detenido al final de la jornada — subió a la plataforma delantera de un tranvía y disparó contra el conductor, matándolo en el acto. Un grupo, desde la acera, protegió la retirada del asesino, y el tranvía, sin control y en una pendiente, fue detenido en última instancia por un viajero que pudo hacer que funcionaran los frenos.

Entre tres y cuatro de la tarde, un grupo de policías detectó en las proximidades de la ría a seis individuos sospechosos. El inspector que comandaba a los agentes, Mauricio Carlavilla reconoció entre ellos a Iribarren -el asesino del tranviario-, Justo Espeso, Hontoria, García Lavid, Expósito y Jesús Hernández. Los policías intentaron sorprenderles, pero se revolvieron y se entabló un denso tiroteo. Iribarren resultó herido y cayó a la ría. García Lavid y Expósito intentaron huir atravesando las campas de las márgenes de la ría, hasta que se toparon de frente con una pareja de carabineros, que los esperó oculta tras una esquina. Hontoria y Hernández tiraron su armamento y un gran bulto que contenía cartuchos de dinamita a la ría. Interrogados por su posesión, declararon que pretendían volar la rotativa del diario El Liberal, que había salido a la calle desafiando las consignas huelguísticas. Al final del día la policía puso cerco a la Casa del Pueblo, en la que se habían hecho fuertes un centenar de comunistas. Fue en este asalto en el que resultó herido de gravedad Pérez Solís[13].

La Dictadura de Primo de Rivera, surgida, entre otras razones, con el pretexto de sofocar los efectos del violento enfrentamiento entre patronal y sindicatos, llevó al PCE a la clandestinidad, acentuando sus rasgos de radicalización y sectarismo. En una región tan proletarizada como Vizcaya, el número de afiliados al partido en 1927 era de unos ciento cincuenta, y el de la Juventud Comunista de menos de cien. Los comunistas habían adoptado el modelo organizativo de células por fábricas y centros de trabajo, contando en grandes empresas como Altos Hornos, la Naval, y La Vizcaína con unos quince militantes en cada una de ellas. Frente a la organización territorial, propia del socialismo legal –o tolerado- y articulada en torno a la Casa del Pueblo, la célula comunista de empresa estaba pensada para mantener la relación orgánica con los militantes en el lugar de trabajo, al margen de que las autoridades decidiesen clausurar los locales sindicales y los centros obreros. Jesús Hernández lo argumentaba, años después, en vísperas de los acontecimientos de octubre de 1934:

“Si (…) se organizara a los trabajadores en sus fábricas y en los talleres, en los comercios y en las oficinas (…), si hubieran estado constituidos los comités de fábrica y de taller (…) la medida represiva hubiera sido impotente, inútil. Porque es en los lugares de trabajo donde la burguesía asienta su fuerza, su economía, donde nosotros debemos oponerle nuestra fuerza. Y el día que suene la hora de la batalla, el triunfo nos costará poco esfuerzo conseguirlo, porque habremos logrado levantar las barricadas de la revolución en el corazón de las fortalezas del enemigo” [14]

 Pero la escasa proyección del partido apenas había permitido ampliar su base desde los primeros tiempos: La casi totalidad de estos militantes del partido, según Uribe,  “estaban en él desde el momento de su fundación”. El partido carecía prácticamente de plataformas de expresión: La Antorcha, su primer órgano oficial, estaba suspendida,  y los pocos números legales que pudieron aparecer del Joven Obrero, editado en Bilbao, fueron retirados por la policía.

Bajo la dirección de José Bullejos, Gabriel León Trilla, Manuel Adame y Etelvino Vega, el PCE se debatía entre el radicalismo, el voluntarismo, las confrontaciones personalistas intestinas y una deficiente praxis conspirativa. Los comunistas volcaron sus esfuerzos en difundir la propaganda antimilitarista en el interior de los cuarteles, estimulando el espíritu general de rechazo al servicio militar que caracterizaba a la opinión pública en aquellos momentos tan dramáticamente marcados por los desastres de la guerra de Marruecos. Los casos de prófugos se multiplicaban después del sorteo entre los que habían sido designados para las guarniciones de África, y los civiles manifestaban, con frecuencia, su repulsa a la movilización de los jóvenes para una guerra colonial que identificaban exclusivamente con los beneficios de la oligarquía propietaria de las compañías mineras que actuaban en Marruecos, y con los intereses de casta de la oficialidad africanista. Este malestar proporcionaría a los comunistas, la única fuerza que planteaba un rechazo frontal y sin matices a la guerra del Rif, algunas de sus primeras bazas propagandísticas y militantes.

Otro campo de actuación del PCE durante este periodo fue el del combate contra la institucionalización de la Dictadura. Los comunistas llamaron al boicot de los comicios para la constitución de la Asamblea Consultiva, enfrentándose con ello  a la postura del Partido Socialista[15], cuya tendencia mayoritaria era partidaria de participar en ellos  – Andrés Saborit realizó multitudinarios actos de propaganda en Vizcaya – y a la incomprensión de bastantes militantes comunistas, que no querían arriesgar los escasos logros organizativos costosamente conseguidos:

“Algunos comunistas en las grandes fábricas eran contrarios a la huelga, no por el sentido que la inspiraba, sino porque según ellos podría acarrear trastornos a la organización del Partido que ya en aquel periodo se había logrado implantar en las grandes fábricas. Entre estos comunistas tener algunas organizaciones en las fábricas y funcionar normalmente en el aspecto interno, realizar alguna labor de solidaridad, estar presente en las acciones reivindicativas económicas y por cuestiones de trabajo, era el máximo de lo que se podía aspirar en la acción del Partido. La lucha política abierta en las condiciones de clandestinidad contra Primo de Rivera la consideraban peligrosa, y lo era, para el Partido y, por lo tanto, según su criterio no debía emprenderse en aquellas circunstancias”[16].

Los que sostenían esas tesis eran los de mayor edad y los veteranos militantes, herederos de la vieja tradición pablista. El estado de ánimo de los obreros, por añadidura, permanecía apegado a las reivindicaciones socio-económicas, pero no alcanzaba el nivel de concienciación que requería el desencadenamiento de una huelga general política. Desde 1923 abundó de nuevo el trabajo y las fábricas estaban en plena actividad y expansión. La industria mecánica, las grandes fábricas de construcción naval y las dedicadas al material ferroviario trabajaban con gran intensidad y absorbían nueva mano de obra. Los salarios, rebajados en 1922, recuperaron parte de su poder adquisitivo en 1923 y de hecho, para un número considerable de obreros, sobre todo los de mayor cualificación, los salarios eran mayores que los anteriores a la rebaja de 1922. Abundaban los  destajos, los empresarios lograban grandes beneficios con la intensificación de la producción y ello permitía que en algunos trabajos se obtuvieran salarios suplementarios que podían llegar a duplicar el salario base. Los débiles intentos de los comunistas de impedir la extensión de los destajos no encontraron eco. Solo una pequeña minoría de obreros se preocupaba de la actualidad política y se interesaba en las vicisitudes de la vida del país. El resto aprovechaba la coyuntura favorable y se mantenía al margen de la lucha política:

“Algunos nos llamaban pelmas porque, según ellos, no había llegado aún la hora de ocuparse de política, esto era sobre todo en la juventud. Aunque estos mismos en las fábricas en las cuestiones de trabajo, solidaridad y conflictos mantenían una buena actitud de clase”[17].

El Partido Socialista y, sobre todo, La Unión General de Trabajadores habían apostado decididamente por la participación en el entramado corporativo de la Dictadura de Primo de Rivera: los comités paritarios y la Organización Corporativa Nacional, que les aseguraban un papel de interlocutor privilegiado de la patronal y del Ministerio de Trabajo, al tiempo que les libraban de la competencia del sector –hasta entonces mayoritario en el movimiento obrero organizado- anarcosindicalista[18]. En el plano local, por ejemplo, en las asambleas de la UGT, los dirigentes  vertían afirmaciones como “la lucha de clases ha terminado”, o “ha empezado la era de la colaboración de clases para la realización del socialismo”. Su confrontación con los elementos afectos al comunismo– a los que la expulsión no había eliminado del todo del seno de los sindicatos-  llegó a manifestarse en la denuncia pública de la identidad de los militantes comunistas que repartían material clandestino del partido en las fábricas, en el transcurso de las asambleas del sindicato metalúrgico en Baracaldo y Sestao, y en presencia de la policía que se encontraba presente en ellas, con el resultado de que algunos de los identificados fueron a parar a la cárcel. Paradójicamente, en aquel periodo los comunistas encontraban bastante más apoyo solidario en los obreros influidos por las ideas del nacionalismo vasco, probablemente debido a que la defensa de los derechos nacionales vascos por el PCE –con su consigna de reconocimiento del derecho a la autodeterminación de los pueblos- creaba un clima de cierta confianza política entre nacionalistas y comunistas.

La convocatoria de huelga general contra las elecciones a la Asamblea Consultiva fue un fracaso, a pesar de que Bullejos se empeñara en declararla coronada por el éxito. “En las grandes fábricas – reconocía Uribe- no hubo paro, hicimos huelgas algunos pocos, no todos los comunistas y algunos simpatizantes, más por seguir las indicaciones del Partido que por otra cosa, pues como digo no había ambiente para huelga”. En Bilbao se repitieron las perturbaciones en el transporte tranviario, debido principalmente a la actuación de grupos de jóvenes que emplearon la violencia.

La Juventud Comunista operó durante todo este tiempo como el brazo ejecutor de la política más radical del partido. Algunos críticos posteriores de este periodo imputaban a la influencia de Bullejos la apuesta de las Juventudes por el activismo violento y maximalista, pero este no era un rasgo exclusivo de la organización comunista española. En aquel periodo inicial, las Juventudes Comunistas no eran aún la mera sección juvenil de los partidos comunistas adultos. Antes al contrario, en muchas ocasiones eran difíciles de controlar ideológicamente, se comportaban como un pequeño partido comunista autónomo, aceptando a regañadientes las directivas de los adultos. Las juventudes cultivaban una identidad propia, con orgullo organizativo fuerte, consustancial a un movimiento que hacía del culto a la juventud una de sus banderas. Como contrapartida, constituían el sector más dinámico de la organización comunista, el más aguerrido y dispuesto a la lucha, se encontraban en la vanguardia del combate político y a ello se debía que aportaran el mayor contingente de detenidos y presos[19]. La mayoría de sus miembros eran jóvenes obreros, aprendices, y empleados que se implicaban en un estilo global de vida difícil y peligrosa, portadora del futuro y dispuesta a todo por la revolución. Las Juventudes estaban integradas por la primera generación formada ya políticamente en el propio ideario comunista, sin ligaduras a la cultura socialista que aún teñía las mentalidades y las actitudes de los adultos que habían participado en la escisión tercerista. Fue por ello por lo que se convertirían posteriormente en un bastión para la bolchevización y estalinización de los respectivos partidos comunistas, y en una fértil cantera de futuros dirigentes.

El sectarismo y el incremento de la represión policial,  que logró en varias ocasiones la caída de las direcciones de la Juventud Comunista y del partido al completo, contribuyeron a que disminuyera el número de militantes de ambas organizaciones, especialmente entre quienes habían militado desde los primeros momentos. El cerco policial excitaba, por otra parte, los recelos de los restos de la organización superviviente, incrementando su aislamiento. Muestra de ello y, a la vez, de la fragilidad ante la infiltración que padecía en estos momentos la organización comunista, se deduce del siguiente episodio. Cuando Gabriel León Trilla llegó a España, procedente de París, para hacerse cargo de la dirección del PCE,  designó miembro de la dirección de la Juventud a Uribe, quien no dudaba en confesar que entonces  “no tenía ni la preparación, ni el conocimiento, ni experiencia para poder tratar de cuestiones importantes con organizaciones del Partido”. Aún así,  a fines de 1927 fue enviado a Asturias para que la dirección del Partido le informara de la situación en esta importante región. Uribe llegó a Oviedo, se presentó en los lugares apropiados y estableció contacto con el Comité Regional, residente en Turón, tres de cuyos miembros se entrevistaron con él. Trilla no le había dado ninguna credencial ni que facilitara su reconocimiento, por lo que Uribe, como precaución, se hizo una credencial como miembro de la dirección de la Juventud firmada por él mismo. Establecido el contacto, los miembros del Comité Regional de Asturias le llevaron en plena noche al monte Naranco. Allí le acribillaron a preguntas, empezando por pedirle la credencial que acreditaba su personalidad y el carácter de enviado de la dirección del Partido:

 “Les entregué la hecha por mí, me dijeron quién es Mario el firmante de la misma, les dije, un camarada de la dirección de la Juventud. Después de unas horas me dicen, te hemos traído aquí al monte Naranco en plena noche porque teníamos sospechas y si se hubieran confirmado te hubiéramos liquidado aquí mismo, el término que emplearon sin tapujos fue “te matamos”. Vuélvete a Vizcaya, no te decimos nada del Partido y dile a Trilla que venga él, que tenemos muchas cosas que arreglar”[20].

Que un perfecto desconocido lograra romper la prevención inicial de todo un Comité Regional mediante la exhibición de una rudimentaria credencial firmada por él mismo con identidad supuesta no habla precisamente muy bien de la calidad de la autoprotección conspirativa de las organizaciones comunistas en aquel momento. Pero no todas las bajas eran achacables al celo represor de las fuerzas del orden. Según relata Uribe, “una causa o pretexto de la desaparición de las Juventudes fue que para muchos miembros de la Juventud había llegado la hora de casarse y hacerlo, bien porque no pudieran vencer los prejuicios de las interesadas o por otra razón, el caso es que al casarse por la iglesia, cosa que aparecía como una traición, no solo a los ojos de los comunistas, sino también a los ojos de los obreros, que exigían que los comunistas fuesen enteramente fieles a lo que decían defender. El caso es que muchos se desfondaron, paralelamente al hecho matrimonial, incluyendo algunos dirigentes en la escala local que en múltiples ocasiones habían dado grandes muestras de abnegación, entusiasmo y combatividad. Está claro que en las circunstancias de entonces casarse por la Iglesia para un revolucionario aparecía como el acto de un renegado y todo el mundo lo aceptaba así, empezando por el interesado, y perdía toda autoridad personal política”[21].

La proclamación de la República trajo consigo el retorno del PCE a la legalidad, aunque muy menguado en sus fuerzas. En zonas industriales de tradicional implantación comunista en otras épocas, como Vizcaya, los datos eran reveladores: En Baracaldo, por ejemplo, el número de afiliados ascendía a quince; la Juventud Comunista contaba con setenta u ochenta adherentes. Y las perspectivas apuntaban a que el único refuerzo provenía de sectores que ya habían militado anteriormente en las filas del partido, pero no se crecía en nuevos sectores sociales. La mayor parte de los electores que depositaron su voto a las candidaturas comunistas en las elecciones constituyentes, afirmaba Uribe,  “eran obreros que habían pasado por el Partido o por la Juventud y que a través de todas las vicisitudes, se mantenían en una actitud de fidelidad revolucionaria para el Partido”.

La recomposición de fuerzas se realizó poco a poco, y en ello ostentaron un papel de liderazgo de nuevo las Juventudes Comunistas. Hacia finales de 1931 el número de afiliados en Vizcaya sumaba casi los setecientos, agrupados la mayor parte en células de empresa; la Juventud tenía más afiliados que el partido y en varias fábricas tenía su propia organización juvenil. En Guipúzcoa rondaban los ciento cincuenta, repartidos en las agrupaciones de San Sebastián, Rentería, Pasajes e Irún. La agrupación de Eíbar ostentaba un carácter especial: era la encargada de proporcionar armas, sustraídas de la fábrica, a los militantes de Vizcaya. En Santander había un grupo muy heterogéneo, al que un tal Lorite, “con una bata blanca y delante de un tablero daba lecciones de comunismo”. En Reinosa radicaba un fuerte grupo en la fábrica de armas, casi todos jóvenes, y alguno más en Torrelavega. En el Astillero, importante centro industrial, se padeció la ruptura de la organización por las divergencias con los trotskistas. En Navarra y La Rioja la presencia era casi testimonial.

Los nuevos aires políticos no trajeron, sin embargo, un inmediato abandono de los viejos hábitos violentos. Uribe recordaba, por ejemplo, cómo se organizó en Bilbao una manifestación el primero de agosto de 1931, con motivo del aniversario del desencadenamiento de la primera guerra mundial. Jesús Hernández se había encargado de redactar los llamamientos, en un tono tan radical  que “parecía anunciar la Revolución Mundial para el día de la manifestación”. El lugar de reunión era la plaza del Arenal, y antes de que a ella lograran  aproximarse unos centenares de militantes, e incluso de que hubiera llegado la hora prevista para la celebración de la manifestación, se hallaba ocupada por la Guardia Civil.

Uribe supo en ese momento que algunos grupos de militantes, especialmente los procedentes de la zona minera, habían venido cargados de bombas y granadas fabricadas por ellos, aparte de las correspondientes pistolas, listas para ser empleadas contra la fuerza pública. Alarmado, solicitó una reunión urgente del Comité Regional, instando a Hernández a suspender la manifestación para evitar cualquier provocación y el previsible derramamiento de sangre. En su lugar, Hernández dio un mitin relámpago delante de algunas docenas de personas, en sitio bastante alejado de aquel donde se había previsto la manifestación, sin mayores consecuencias. Sorprendentemente, cuando se supo entre los afiliados la desconvocatoria de la concentración, algunos protestaron que “si para eso se les había llamado, que no vendrían más a Bilbao”. La violencia se encontraba aún profundamente instalada en la mentalidad revolucionaria de los comunistas de base. Siguió habiendo manifestaciones callejeras que, con mucha frecuencia, terminaban a tiros, y cuyo efecto era aislar aún más al partido:

 “A estas manifestaciones por su carácter acudían nada más que militantes, no todos, casi siempre jóvenes. No daban resultado los esfuerzos para que los camaradas acudiesen a las manifestaciones sin armas. Sin armas no iban, y como siempre o casi siempre había algún estropicio, otros rehuían participar en ellas”[22].

El 9 de agosto de 1931, con motivo de una huelga general de veinticuatro horas en Vizcaya, en protesta por  el asesinato de un obrero de la Fábrica de Altos Hornos de Vizcaya de Baracaldo a manos de un capataz, se reprodujeron los ya clásicos enfrentamientos entre partidarios y contrarios al paro, que rea lo mismo que decir entre comunistas y socialistas. La huelga transcurrió sin alteraciones importantes, aparte de los clásicos intentos de paralizar los tranvías. Esa noche, un grupo formado por Hernández, Leandro Carro, Agustín Ibáñez, Ambrosio Arrarás, José Luis Gallo y otros dos individuos más, que días antes habían mantenido una reyerta con un grupo de socialistas, se dirigieron a la calle Somera, donde se ubicaba una taberna frecuentada por concejales y empleados socialistas del ayuntamiento[23]. Los comunistas se separaron y, apostándose en las dos puertas con que contaba el local, abrieron fuego cruzado contra quienes se encontraban en el interior, causando dos muertos entre los atacados, y heridas mortales a José Luis Gallo, entre los propios atacantes.

Esa misma noche la policía llevó a cabo una redada de los comunistas más conocidos, entre ellos Carro, Arsenio Bueno y algunos otros que fueron a parar a la cárcel. Hernández intentó refugiarse en casa de unos familiares, que no le admitieron. Buscó entonces a Uribe, que contactó con la dirección para solicitar instrucciones, obteniendo como respuesta que se le enviase de inmediato a Madrid.

A la mañana siguiente, los socialistas armados salieron a la busca de comunistas destacados para darles un escarmiento. Penetraron en el local de los sindicatos comunistas golpeando a cuantos encontraban  con las culatas de las pistolas. Tres o cuatro días después, un grupo de socialistas pretendió vengar a los muertos de la calle Somera matando a tiros a un militante comunista de Sestao, muy conocido en la zona fabril. La indignación general dio paso entre los trabajadores vizcaínos a un sentimiento de rechazo de la lucha fratricida, que acabó influyendo en el declive de las actividades violentas por ambas partes.

Los años de plomo del primer comunismo llegaban a su fin. La esterilidad de la violencia desestructurada, las nuevas posibilidades para la acción política legal otorgadas por la República, el relevo de la dirección encabezada por Bullejos en 1932, el abandono de las posiciones sectarias y, por fin, el giro impreso a la política de alianzas por la Komintern, en 1935, que condujo a la formulación de los frentes populares antifascistas, acabarían con el aislamiento y la radicalidad izquierdista del PCE,  abriendo el camino a la consolidación de una importante organización de masas.


[1] Citado en PACHECHO PEREIRA, J: Álvaro Cunhal. Uma biografía política“Daniel”, o jovem revolucionario (1913-1941), v. Temas e Debates, Lisboa, 2001, p. 87.

[2] AVILÉS FARRÉ, J: Pasionaria, la mujer y el mito. Plaza y Janés, Barcelona, 2005, pp. 10-11.

[3] HERNÁNDEZ, J: Yo fui un ministro de Stalin, Editorial América, México DF, 1953,  p. 358.

[4] AHPCE, Manuscritos, tesis y memorias, Vicente Uribe, 60/5.

[5] PÉREZ SOLÍS, O: Memorias de mi amigo Óscar Perea, Madrid, Renacimiento, 1929, p. 221.

[6] El Partido Comunista Alemán (KPD) también recurría a estos extremos en los primeros años de la República de Weimar, como señala Jan VALTIN: “Una banda de quince comunistas había tratado de apropiarse de la recaudación de la Sociedad de Gas de Berlín-Charlotenburg, en enero de 1923; algunas semanas después, llevaron a cabo la misma intentona en una fábrica de Berlín- Spandau. Su modo de actuar era extremadamente simple. Revólver en mano y enmascarados, llegaban ante las ventanillas y pronunciaban estas sencillas palabras. “¡En nombre de la revolución, manos arriba!” Enviaron el botín a la sección militar del Partido en Berlín”. VALTIN, J: Sans patrie ni frontieres, Ed. Dominique Wapler, Paris, 1947, p. 59.

[7] Archivo Histórico del Partido Comunista de España (AHPCE), Manuscritos, tesis y memorias, Memorias de Vicente Uribe, 60/6, Praga, 1959. Hay que tener en cuanta, sin embargo, que Uribe descalifica estos hechos desde la distancia cronológica y pretendiendo descalificar a Hernández. Según otro veterano comunista vasco, Leandro carro, uno de los que más se distinguían en los enfrentamientos violentos con los socialistas en aquella época era, entre otros, el propio cuñado de Uribe. AHPCE, Manuscritos, tesis y memorias, Autobiografía  de Leandro Carro, 2/7.11

[8] MEAKER, G. H: La izquierda revolucionaria en España (1914-1923). Ariel, Barcelona, 1978,  p. 571.

[9] AHPCE, Manuscritos, tesis y memorias, Memorias de Vicente Uribe

[10] Ibid.

[11] AHPCE, Dirigentes, Autobiografía de Leandro Carro

[12] AHPCE, Manuscritos, tesis y memorias, Memorias de Vicente Uribe

[13] La referencia detallada de los sucesos –con los adornos propios del personaje- en la introducción de Mauricio Carcavilla (“Mauricio Karl”) a la edición española del libro de Hernández: Yo, ministro de Stalin en España. Nos , Madrid, 1954.

[14] “Un discurso, pleno de doctrina revolucionaria y de afirmación comunista en la lucha por el frente único, pronunciado por el camarada Jesús Hernández” (Mundo.Obrero (en adelante, M.O.), 15 de septiembre de 1934).

[15] El equipo de Bullejos no solo se encontró enfrentado al PS: también a la Komintern,  empeñada en que el PCE se presentase a las elecciones a la Asamblea Consultiva. Gabriel León Trilla, que formaba parte del Ejecutivo de la IC, se permitió rechazar la directriz en nombre del PCE, por el absoluto desconocimiento de la realidad española que se  reflejaba en ella. Le costó ser depuesto del cargo. ELORZA, A. y BIZCARRONDO, M:Queridos camaradas. La internacional comunista y España (1919-1939), Barcelona, Planeta, 1999, P.56-57.

[16] AHPCE, Manuscritos, tesis y memorias, Memorias de Vicente Uribe

[17] Ibid.

[18] JULIÁ, S: “’Preparados para cuando la ocasión se presente’; Los socialistas  y la revolución”, en VV.AA: Violencia política en la España del siglo XX, Madrid, Tauris, 2000,  p. 161,

[19] PACHECHO PEREIRA, J: Álvaro Cunhal. Uma biografía política“Daniel”, o jovem revolucionario (1913-1941), v. 1, Temas e Debates, Lisboa, 2001, pp. 81-82.

[20] AHPCE, Manuscritos, tesis y memorias, Memorias de Vicente Uribe

[21] Ibid.

[22] Ibid.

[23] Comín Colomer identifica el local como el Restaurante Bilbaíno de la calle Nueva, pero dicha calle se encuentra al norte del Casco Viejo, en el lado opuesto y relativamente alejada de la de Somera, que es la que señalan las memorias de Uribe. COMÍN COLOMER, E: Historia del Partido Comunista de España. Abril, 1920-Febrero, 1936. Del nacimiento a la mayoría de edad. Primera etapa. Tomo I. Madrid, Editora Nacional, 1967, p. 332.


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