Los episodios invisibles de nuestra Historia Contemporánea.

franquismo

Andan muy preocupados quienes nos gobiernan por la calidad de la educación que se imparte en nuestras aulas. Ahí está, con fecha de defunción a plazo fijo, la LOMCE, esa tentativa de devolver el sistema educativo de los albores del siglo XXI a los estertores de la década de los 60 del siglo XX. A otra escala, los responsables en la Comunidad de Madrid se reúnen con los rectores de las universidades para sugerirles cambios en la formación de los futuros maestros. ¿Motivo? Haber detectado -según ellos- una carencia alarmante de conocimientos generales entre los aspirantes de la última oposición. Casi el 80% había fracasado en una prueba de cultura elemental consistente, entre otros ítems, en localizar las provincias por las que discurre el río Guadalquivir, la ubicación de Pamplona o la taxonomía de la gallina, a la que alguien encuadró entre los mamíferos. Todavía retumban las risotadas de los tertulianos adeptos que, tomando la parte por el todo, hicieron la ola al enésimo ataque del ultraliberalismo a la educación pública y a sus profesionales. Un clamor tan estentóreo como el silencio que amortiguó el ridículo del ministro de Energía haciendo pasar el meridiano de Greenwich por las islas Canarias o el de un chispeante diario conservador confundiendo en un mapamundi Alaska con Canadá.

El debate sobre los auténticos conocimientos que deben impartirse en la educación básica no es de ahora ni es exclusivo de nuestro país. En Francia, el conservadurismo lleva años denunciando que la Escuela de Annales desalojó de sus manuales de Historia a las figuras egregias de la genealogía nacional, desde Vercingetorix a Napoleón y arrumbado el conocimiento del pasado remoto en beneficio de un presentismo ahistorizado, trufado de sociología y multiculturalismo. Algo similar fue enunciado hace años en España durante el debate sobre la reforma de la enseñanza de las Humanidades. Menos pedagogía y más memoria, venía a ser el corolario. Este discurso  se remonta a los orígenes de los sistemas de enseñanza obligatoria surgidos con los Estados-Nación. La incorporación de la Geografía y la Historia como materias troncales de los currícula contribuyó entonces a la adquisición de la conciencia de nacionalidad y a instruir a los ciudadanos en sus obligaciones como productores, contribuyentes, electores y soldados al servicio de la comunidad identitaria. Como si no hubiese llovido desde la Primera Guerra Mundial, la derecha vuelve una y otra vez sobre las mismas y devaluadas ideas fuerza: la Geografía como contenedor de lo nuestro; la Historia como el devenir de los nuestros. En tiempos de globalización e internet, acumula toneladas de reproches sobre las materias enseñadas en las aulas por su escasa eficacia para garantizar su tradicional función de matrices de la nacionalidad. De su propio y exclusivo concepto de nacionalidad, para ser más preciso. Los abusos de los diseños curriculares y de los manuales de los nacionalismos centrífugos han amputado a los escolares el conocimiento de todo lo que orográfica, hidrográfica o climatológicamente escape a las fronteras de su comunidad, afirman sus columnistas. Como si alguien se emocionase al escuchar un himno con ensoñaciones de relieves kársticos u orogénesis hercinianas. La manipulación del pasado histórico, por una parte, y un relativismo delicuescente por otra han alimentado derivas soberanistas y pulverizado la herencia común, truenan sus emisoras. Poco importa que la crisis del sistema educativo, propia de una sociedad que debió afrontar en las últimas décadas la universalización, la prolongación de la escolarización obligatoria y la irrupción de la multiculturalidad por efecto de una inmigración global , con una siempre insuficiente asignación de recursos a la escuela pública, se manifieste también en áreas ajenas a toda polémica subjetivista como las Matemáticas o la Física, quizás porque, parafraseando a Azaña, nadie toma las armas al grito de “¡Logaritmos o muerte!” Para los conservadores, la alternativa consiste en  retornar a lo que los franceses llaman savoirs savants, contenidos curriculares de estricta obediencia académica, Geografía e Historia nacionales, con sus adiestramientos nemotécnicos y sus divisiones cuatripartitas (Prehistoria y Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea) para exorcizar el fantasma del presentismo, como si tal ectoplasma existiese y hubiese necesidad de expulsarlo. Porque si algo demuestran los trabajos de campo con estudiantes es que, si hay un agujero negro en su formación, es el relativo al conocimiento de la Historia reciente de su propio país.

Mientras la Consejería de Educación de Madrid expurga en el pajar de los ejercicios escritos de oposición barbaridades con las que confeccionar una antología del disparate sigue sin escandalizarse de que, no ya los futuros docentes, sino el conjunto de los futuros ciudadanos salgan de la escolaridad obligatoria con un abrumador desconocimiento de las raíces inmediatas del país del que se van a convertir  en sujetos activos y participativos. Lo que sigue es solo una muestra sin pretensiones de generalización, pero que señala una preocupante tendencia. Son los resultados de una encuesta realizada durante este cuatrimestre entre casi un centenar de estudiantes universitarios madrileños en el ecuador de su carrera de magisterio. El 30% no sabe cuántos años estuvo Franco en el poder (creen que menos de 30 años). El 45% desconoce qué fue el maquis. El 71,6% ignora en qué consistió el proceso 1.001 (el 19% cree que fue la ejecución de 1.000 presos políticos). El 58% desconoce qué fue el Tribunal de Orden Público. El 79,5% no sabe en qué año se produjeron las últimas ejecuciones en España (casi un 40% desconoce incluso que las hubiera). El 47% no sabe en qué año se aprobó la actual constitución. Un 98% y un 95% identificó Cuelgamuros y el Guernica de Picasso entre los hitos monumentales de nuestro pasado reciente, pero solo un 66% y un 45% respectivamente acertó a contextualizarlos (nadie reconoció ni supo explicar, sin embargo, el monumento a los abogados laboralistas de Atocha y menos del 7% lo hizo con el monumento a la Constitución de 1978). Entre los personajes emblemáticos, solo Felipe González (65%) y Adolfo Suárez (54%) fueron identificados por la mitad o más de los encuestados. Cabe destacar que 8 de cada 10 desconocen a personalidades relevantes como Dolores Ibárruri, José Antonio Primo de Rivera, Juan Negrín o el general Mola. Solo un desolador 4,5% sabe quién fue Marcelino Camacho.  ¿Ignorancia? Cierto, pero no imputable a ellos sino la que cabe esperar si se tiene en cuenta cómo fue su formación en las etapas que preceden a la universidad: Solo el 27% de los encuestados vieron los contenidos relativos a la 2ª República, la guerra civil, el franquismo y la transición durante su educación obligatoria (4º de ESO). El 73% tuvo que esperar a 2º de Bachillerato y afrontar su estudio con la premura de la preparación de la selectividad. Según valoran, solo el 21,5% de sus profesores abordaron los temas con detenimiento y profundidad frente a un 28,4% que lo hizo deprisa y superficialmente con pretextos como rehuir la polémica política o la proximidad (¡casi 80 años después de la guerra y 40 de la muerte del dictador!) a los hechos. El 68% de sus profesores se remitió a los libros de texto, solo el 19% empleó internet o recursos  audiovisuales para sus clases.

Podría pensarse que, a la vista de todo esto, la contemporaneidad reciente es un territorio perdido para las nuevas generaciones. Nada más lejos: el 76% de los estudiantes reconoció tener unos conocimientos bajos o medio-bajos sobre los episodios clave de nuestra historia contemporánea, pero al mismo tiempo un significativo 79,5% mostró por ellos un interés alto o medio-alto. Un idólatra del libre mercado deduciría de ello que hay demanda solvente para una modificación de los currícula de Ciencias Sociales, Geografía e Historia que otorgue a la Historia de España del siglo XX el papel central que merece en la formación de la ciudadanía del futuro. Los responsables de Educación harían bien en satisfacerla. Eso, o arriesgarse a que alguien responda en un examen de oposición que Franco fue un mamífero.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s