La batalla de Madrid en el contexto de la guerra de España

no pasaran1. La Guerra Civil española, el acontecimiento decisivo de la contemporaneidad.

¿Por qué aproximarse, más de setenta años después de su estallido, al estudio de la Guerra Civil española? ¿Qué sentido tiene ese eterno retorno que cíclicamente trae al primer plano del debate nacional las circunstancias que rodearon aquellos acontecimientos? En mi opinión, es así porque se trata del hecho definitorio de nuestra contemporaneidad. Si “toda la Historia es Historia Contemporánea”, por la reinterpretación que cada generación hace de ella, la Guerra Civil seguirá alimentando continuos procesos de relectura, en la medida en que su interpretación política no está, ni mucho menos, clausurada.

Para las generaciones del mundo occidental la Segunda Guerra Mundial es el acontecimiento en torno al que, en palabras de Eric. J. Hobsbawm, gravita la historia del “corto siglo XX”[1]: en el se catalizan las tensiones acumuladas durante la segunda industrialización y la fase imperialista del capitalismo no resueltas por la Gran Guerra de 1914-1918 y agravadas por la revolución bolchevique, la gran depresión y el ascenso del fascismo. Así mismo sus consecuencias se proyectan durante las dos siguientes generaciones en forma de bipolarización mundial, emancipación colonial y desgarro de la conciencia moral (por efecto de la brutal evidencia del Holocausto e Hiroshima) de un Occidente que había albergado en el siglo XIX una ilimitada fe en el Progreso.

En nuestro caso, ese acontecimiento fundamental, ese “lugar de memoria” en el que se anudan las contradicciones nacionales y del que se derivan consecuencias de larga duración temporal es la Guerra Civil, contemplada como el resultado del fracaso histórico de un proceso de modernización iniciado en los albores de nuestra historia contemporánea. Se trata de un proceso de larga duración en el que se confrontaron tendencias y concepciones sociales y políticas antagónicas:

          La urbanización frente al mundo rural.

          La industrialización frente a una economía agraria arcaica.

          La apertura exterior frente a la autarquía y el aislamiento cultural.

          La reforma social frente a la pervivencia de los mecanismos tradicionales de dominación (caciquismo, relaciones semifeudales…)

          El laicismo y la apuesta por la ilustración frente a la confesionalidad y el oscurantismo.

          El federalismo y la autonomía local frente al centralismo.

          La democracia (los derechos individuales y colectivos, el sufragio universal…) frente a la oligarquía (la censura previa, el predominio de la seguridad sobre la libertad, el sufragio censitario…)

          La revolución (tanto la democrático-burguesa como la proletaria) frente al conservadurismo y la  reacción.

Sobre esta base estructural incidió la coyuntura de los años 30 marcada por la existencia de una sociedad joven, políticamente organizada e ideológicamente radicalizada; y por un contexto internacional crítico (el crack del 29) y polarizado entre fascismo y comunismo.  En ese marco la llegada de la República supuso el primer desplazamiento político prácticamente íntegro del bloque de poder tradicional desde el siglo XIX, unido el despliegue de un programa reformista de profundo calado, sin que sus opositores pudieran recurrir a la capacidad de bloqueo que tradicionalmente garantizaba la corona ni al factor tutelar de la influencia eclesiástica sobre el poder civil. Para las fuerzas conservadoras fue necesario recurrir al “partido en armas”, el ejército, con el fin de recuperar la hegemonía perdida.  La Guerra Civil se convirtió, de esta forma, en el punto nodal donde se entrelazaron todos estos conflictos de larga duración, cuyas consecuencias se rastrearían al menos durante el medio siglo posterior.

2. La defensa de Madrid en el contexto de la Guerra Civil.

 La batalla de Madrid se erigió desde el mismo momento de su desarrollo en un mito, en uno de los lugares de memoria que, junto al Jarama, Guadalajara, Brunete y el Ebro, esmaltarían el imaginario de la epopeya republicana. Francia rememora Valmy y ha erigido esta batalla en el paradigma de la victoria del pueblo en armas, de la ciudadanía movilizada en defensa de la Nación, sobre los ejércitos mercenarios siervos de los reyes. Sin embargo, en nuestro país aún no se ha rendido tributo adecuado a la gesta llevada a cabo por un voluntarioso ejército de ciudadanos que, enarbolando los nombre de sus oficios en los emblemas de sus recién improvisados batallones -el de Peluqueros, el de Artes Blancas, el de Metalúrgicos, el Ferroviario o el de Artes Gráficas…-, hicieron frente a la feroz embestida de las mehalas, las harkas y los Tercios, integrantes de un ejército colonial con patente para el pillaje, la violación y el asesinato cual soldadesca de la Guerra de los Treinta Años, frustrando la supuesta fácil conquista de la capital de la República, cuya caída no sería lograda -traición mediante- hasta dos años y medio después [2].

Mitos aparte, la resistencia de Madrid constituye un episodio crucial, un punto de inflexión entre la fase inicial jalonada por la sublevación del 17 de julio de 1936 y el desarrollo de una larga guerra de desgaste que no culminaría hasta el 1 de abril de 1939. La madrugada del 6 al 7 de noviembre de 1936 se produjo el contacto entre las avanzadas de las columnas facciosas y las primeras posiciones defensivas milicianas en el entorno de la Casa de Campo. Era el momento culminante de un camino que se había iniciado casi cuatro meses atrás, al fracasar la sublevación militar dentro de la propia plaza, con la toma del Cuartel de la Montaña, e iniciarse el avance por el sur de las columnas  de Castejón, Yagüe y Varela -la “columna de la muerte”[3]-; y por el norte, de las fuerzas del general Mola.

Se trataba de una operación en forma de tenaza cuyos brazos estaban integrados por las unidades de élite del ejército colonial y por un heterogéneo voluntariado de falangistas castellanos y requetés navarros, con concepciones peculiares acerca de la forma en que había de hacerse la guerra. Para los hombres procedentes del mundo rural tradicional, para el universo de pequeños propietarios católicos, la marcha sobre Madrid significaba el sometimiento a redención del mundo urbano, laico y modernizador que no solo no comprendían, sino que habían percibido desde 1931 como el foco de irradiación de un apocalipsis subversivo que amenazaba con acabar con la religión, el orden y el mundo tradicional de sus antepasados. Para ellos la guerra era una cruzada en la que el fervor suplía, en un principio, las deficiencias tácticas y la disparidad de mando –tan comunes a las de las propias milicias republicanas que les detendrán en Somosierra-. Para los legionarios y regulares de Marruecos la guerra era una empresa de ocupación, pillaje y exterminio, la obediencia ciega a las órdenes y el arrollamiento frontal de un enemigo al que no se concedía cuartel. Retengamos estas diferencias porque serán las que expliquen dos consecuencias apreciables en el bando rebelde: el distinto éxito alcanzado por las fuerzas destacadas a Madrid –la fijación de los hombres de Mola en los puertos de la cordillera central, desde donde habrán de limitarse a contemplar la capital en el horizonte, y la velocidad con que moros y legionarios se plantan en sus arrabales dejando tras de sí un desolado paisaje de terror en tierras andaluzas, extremeñas y castellanonuevas-;  y, como consecuencia de lo anterior, la elevación a la cúspide del nuevo Estado de los mandos militares africanistas sobre los jefes de milicias facciosas y la oficialidad metropolitana.

3. Los condicionantes de la resistencia de Madrid.

La columna que se puso en marcha  la noche del 2 al 3 de agosto desde Sevilla estaba compuesta por fuerzas de choque del Ejército colonial aerotransportadas desde el norte de África en aviones facilitados por la Alemania nazi. El objetivo del avance era llevar a cabo una progresión a lo largo del eje Mérida-Badajoz-Talavera (un itinerario sin grandes accidentes geográficos) en dirección a la capital de la República,  protegiéndose el flanco oeste por la frontera portuguesa.

En poco más de tres meses, tras liquidar la resistencia en los pueblos de Andalucía, fusilar durante su avance –con gran escándalo internacional y de prensa,  como recogieron las crónicas de Mario Neves o Herbert Mathews[4] – a enormes contingentes de prisioneros en Badajoz, Talavera y Santa Olalla, y desviarse contra pronóstico para liberar a los sublevados refugiados en las ruinas del Alcázar de Toledo, Madrid estaba a la vista de las columnas rebeldes. El 2 de noviembre caían Fuenlabrada y Pinto en manos de la columna del teniente coronel Barrón. Rápidamente se produjo la progresión en dirección Getafe-Cuatro Vientos, una vez rebasada la llamada Línea 2 de defensa de la ciudad ideada por el general Masquelet. Entre el 4 al 6 de noviembre cayeron Leganés, Alcorcón y Carabanchel, desde donde Varela y Franco planearon los pormenores del asalto a Madrid. Yagüe ofertó una operación típicamente africanista: el ataque frontal por el suroeste hasta colapsar las defensas republicanas. Varela propuso fijar al enemigo en el sur y penetrar por el oeste, por la Casa de Campo,  en dirección a Moncloa y Cuatro Caminos.

Habida cuenta de cómo había trascurrido la campaña hasta entonces y teniendo en consideración que se trataba de una plaza sin apenas defensas naturales, con el río Manzanares como único obstáculo apreciable, ¿cómo explicar que la resistencia de la capital fuera tan encarnizada? No cabe duda de que la forma en que se había desarrollado la guerra contribuyó a galvanizar la resistencia del pueblo de Madrid. Las columnas franquistas adoptaron una modalidad de ocupación del territorio tomada de las guerras de Marruecos. Antes de que se produjera la llegada de los sublevados, les precedía una  propaganda aterrorizante, tanto en la forma grosera de las arengas de Queipo de Llano desde Radio Sevilla como en la angustia de los fugitivos que habían presenciado las represalias aplicadas a la población civil en las poblaciones ocupadas. Desde el punto de vista militar, las operaciones se planteaban de una forma simple: Si había resistencia, se lanzaban oleadas de ataque hasta colapsarla, empleando los bombardeos intensivos de artillería y aviación. El objetivo era intentar el copo del adversario y provocar su desbandada. Una vez tomada la localidad, se detenía a todo dirigente o militante del Frente Popular, en aplicación del bando de guerra, y se procedía a ejecuciones sumarias, o a la entrega de los detenidos a las milicias de falangistas o guardias de terratenientes locales para que los pasearan.

Se buscaba la ejemplaridad por el terror, sin que sirvieran como excusa los excesos cometidos previamente por las autoridades y simpatizantes del FP contra el clero o los derechistas locales. Valga para ilustrar la falta de proporcionalidad  entre represión de izquierdas y derechas el caso de Badajoz, donde antes de la entrada de las fuerzas de Yagüe habían sido fusilados 11 partidarios de los sublevados, frente a los 1.368 republicanos que fueron ejecutados en los días posteriores a la toma de la ciudad. Si en etapas previas de la lucha social los anarquistas habían recurrido a lo que denominaban la propaganda por el hecho –el terrorismo selectivo para precipitar la crisis del Estado golpeando en su cúspide (reyes y presidentes)-, los militares africanistas recurrieron a la propaganda por la sangre para minimizar la resistencia y someter a un terror paralizante a la base social de las poblaciones que iban dejando a su retaguardia a medida que avanzaban velozmente hacia la capital de la República.

Frente a esta violencia extrema, la resistencia republicana adoleció, en origen, de una errónea evaluación del riesgo por parte de las autoridades civiles que, equivocadas en la apreciación de la naturaleza del golpe y pensando en términos de un pronunciamiento clásico, no eran conscientes de estar enfrentándose a una lógica de exterminio. Aunque improvisada, la respuesta de las organizaciones republicanas siguió una línea similar en todas partes: constitución de comités locales del FP, detención de sospechosos, imposición de multas, incautación de víveres, restitución de injusticias cometidas en periodos anteriores (bienio negro, octubre de 1934), tentativas de obtención de armamento en los cuarteles de la Guardia Civil – que muchas veces se encontraba ya criptosublevada-, y peticiones infructuosas de ayuda exterior. Se trataba, pues, de una dinámica de revuelta campesina local frente a una maquinaria de guerra total, a cuyas fuerzas profesionales férreamente disciplinadas las organizaciones del FP solo fueron capaces de oponer, en principio, las milicias sindicales y de partido. Dotadas de un armamento heterogéneo (armas blancas y cortas, escopetas de caza…); faltas de instrucción militar, en no poca medida por herencia del antimilitarismo que había caracterizado al movimiento obrero en las décadas precedentes; y, por ello, manifestando una resistencia a la jerarquía militar y a la fortificación que llegaban a compartir líderes tan eminentes como el propio Largo Caballero, el resultado de choque tan desigual resultó letal para las milicias, que fueron barridas por el potente dispositivo del ejército de África hasta los arrabales de Madrid,

Una vez hecha la primera limpieza en territorio conquistado, las tropas seguían su avance tras hacer entrega del poder a antiguos cargos del Directorio de Primo de Rivera, miembros de Acción Popular o Falange. La redistribución del poder revela la naturaleza de lo que fue durante los años precedentes la oposición a la República de la vieja oligarquía. En el marco de un Estado débilmente nacionalizado, donde los cambios políticos, cuando los había, acontecían en Madrid o en las capitales provinciales, las relaciones sociales en el mundo rural seguían siendo personales, jerárquicas y directas (terrateniente/jornalero, patrón/obrero) y no se concebía que el Estado regulara y menos intermediara a favor del eslabón más débil. El Estado, cuando se hacía presente, lo hacía desplegando la fuerza -la Guardia Civil, los jueces- destinada a garantizar el dominio secular de patronos y propietarios. La República, con el sufragio universal, la legislación social, el Ministerio de Trabajo, los Jurados Mixtos, sus decretos de laboreo forzoso y sus leyes de salarios mínimos, su Instituto de Reforma Agraria y su reconocimiento legal de los sindicatos, había subvertido los papeles tradicionales atribuidos al Estado que no eran otros que los de cohonestar las decisiones unilateralmente adoptadas por el entramado del caciquismo local y su representación política en las Cortes, y aplastar cualquier forma de cuestionamiento del orden social. La República otorgó a las clases subalternas capacidad de interlocución y recursos para ejercer un poder de negociación, y la oligarquía se negaba a aceptarlo. De ahí que la sublevación contra ella no fuera, como se pretendió justificar, un alzamiento contra una amenaza comunista realmente inexistente, sino una revuelta contra un régimen que pretendió aplicar, por primera vez, la facultad reguladora de la administración a las relaciones sociales y económicas, y hacerlo con voluntad de redistribución y justicia social. De ahí, también, la inusitada contundencia de la represión que, una vez retomado el poder, la oligarquía desató no solo contra las clases trabajadoras y sus dirigentes, sino también contra la pequeña burguesía que había liderado las instituciones republicanas.

Se trataba de restaurar las relaciones sociales y de producción que habían imperado en la España prerrepublicana. Si en el ámbito urbano se habían regido por el principio de la mano invisible auxiliada por la fuerza coercitiva policial, en el rural habían tenido un cariz cuasi colonial: una comunidad nativa atrasada, bracera, era explotada por una elite criolla o por sus capataces, auxiliada por fuerzas indígenas. Ante la incapacidad de la vieja oligarquía para articular un partido civil que le permitiera frenar las transformaciones sociales impulsadas por el régimen republicano, en especial a partir del triunfo electoral del FP en febrero de 1936, recurrió a su herramienta habitual, el ejército, con la legitimación de la Iglesia Católica. Sin la intensidad de la represión ejercida por los sublevados en su avance por el valle del Tajo y sin la conciencia de lo que de pérdida de derechos adquiridos tendría el triunfo rebelde no se puede entender, en definitiva, el episodio de la resistencia de Madrid.

4. Las consecuencias de la defensa de Madrid.

Tras diecisiete días de feroces combates, durante los que no se escamotearon todo tipo de recursos de la guerra total –bombardeo de objetivos civiles, propaganda amedrentadora…- el 23 de noviembre Franco y Varela decidieron poner fin al fracasado asalto frontal a Madrid.  Volverían a intentarlo en el Jarama y Guadalajara durante los primeros meses de 1937, pero la incapacidad para romper las líneas republicanas y completar el cerco a la ciudad llevaría al mando rebelde a trasladar el teatro de operaciones a otros frentes, limitándose a continuar con un asedio a la capital que duraría hasta marzo de 1939.

Desde la perspectiva de los sublevados, el fracaso en la toma de Madrid no cuestionó la forma en que se dirigía la guerra. La centralización del poder político y militar en manos de Franco, el 1 de octubre de 1936, había precedido a la batalla de Madrid. Mutatis mutandis, la ralentización de la resolución del conflicto fue aprovechada por el Caudillo para reforzar aún más su posición frente a la concurrencia de otros conmilitones, y para desplegar su proyecto de guerra larga y purificadora que erradicase para siempre, de forma violenta y sistemática, las raíces de la democracia, el laicismo y el movimiento obrero en España.

Desde la perspectiva republicana, la batalla de Madrid significó un punto de inflexión. La penuria crónica de armamento y fuerzas organizadas fue atenuada por la llegada de las Brigadas Internacionales -que revitalizaría la moral en las filas republicanas-  y con la entrega de las primeras remesas de armamento soviético, cuyos aviones “Mosca” y “Chatos” se batieron por primera vez contra los aparatos alemanes e italianos en los cielos de la capital. Con ello se hizo patente la internacionalización del conflicto que se estaba librando en España, cuyas líneas de confrontación desbordaban ampliamente el marco geográfico peninsular[5].

La fase miliciana de la guerra, caracterizada por la improvisación y la falta de coordinación de las fuerzas voluntarias, resuelta habitualmente en una serie de desbandadas que facilitaban la guerra de movimientos desplegada por el ejército africanista, dio paso a una resistencia ante el recinto urbano de la capital que derivó en guerra de posiciones y sentó el precedente de otras grandes batallas de idéntica naturaleza de la posterior guerra mundial, como Stalingrado. Ello fue posible gracias a la asunción del principio estratégico de que a una maquinaria de guerra centralizada solo podía oponérsele con eficacia otro dispositivo de similares características. La creación del Ejército Popular Regular sería el colofón de un proceso de centralización del poder político y militar y de un intento de inscribir el conflicto español en un contexto europeo que cristalizaría en la formación del gobierno encabezado por el doctor Juan Negrín.


[1] E.J. Hobsbawm: Historia del siglo XX: 1914-1991. Crítica, 1997. Con la noción de “corto siglo XX” el autor se refiere al periodo comprendido entre el estallido de la Primera Guerra Mundial y la revolución soviética y la desaparición de la URSS.

[2] Acerca de  la batalla de Madrid merecen destacarse tres títulos, por su valor divulgativo: De V. Rojo: Así fue la defensa de Madrid: (aportación a la historia de la Guerra de España, 1936-1939). Comunidad de Madrid, 1987; de M. Vázquez: La Guerra Civil en Madrid. Tebas, 1978; y de J. Martínez Reverte: La batalla de Madrid. Crítica, 2004.

[3] Así la denomina F. Espinosa Maestre: La columna de la muerte: el avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz. Crítica, 2003.

[4] Ver la obra de P. Preston: Idealistas bajo las balas: corresponsales extranjeros en la Guerra de España. Editorial Debate, 2007.

[5] Para un amplio análisis de la República en guerra y de la situación internacional, es imprescindible la trilogía de A. Viñas: La soledad de la República: el abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética. Crítica, 2006; El escudo de la República: el oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937. Crítica, 2007; y El Honor de la República. Crítica, 2008.

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