Reflexiones acerca del “corto siglo XX” de Eric J. Hobsbawm

Si se pregunta a cualquier persona con un nivel básico de formación en cuántas fases se divide el estudio de la Historia responderá, seguramente, que en cinco: Prehistoria, Historia Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea.  Reproducirá de esta manera lo aprendido a lo largo de la educación obligatoria, que no es otra cosa que la clásica periodización elaborada por la historiografía liberal-revolucionaria decimonónica de matriz francesa. La compartimentación de la Historia en fases sucesivas, jalonadas en sus extremos por pares de hitos emblemáticos -la aparición de la escritura, la caída del Imperio Romano, el descubrimiento de América, la Revolución Francesa…- se erigió desde la consolidación de los sistemas de escolarización obligatoria de los Estados-Nación en un modelo narrativo del pasado que la cultura occidental ha asumido durante más de siglo y medio como algo prácticamente natural. No en balde tal discurso historiográfico ha contribuido a diseñar un itinerario conducente a lo eurocéntrico, en un itinerario que va desde los orígenes de la civilización en Oriente Medio hasta su aquilatación en la cuenca mediterránea, primero, y en el eje atlántico con posterioridad. No es casual que nuestra forma de representar y concebir el mapa mundi aún muestre las trazas de esta cosmovisión.

 

La especificidad de la Historia Contemporánea.

 

De todos los periodos, la Historia Contemporánea ha sido y es el único que permanece abierto sin solución de continuidad. Lo que podía ser políticamente funcional en el siglo XIX, la edificación de la contemporaneidad sobre las ruinas humeantes del Antiguo Régimen, ha dejado de serlo a medida que el tiempo histórico se ha ido dilatando, alargándose y densificándose tanto en espesor de duración como en sucesión de acontecimientos. La Revolución francesa que, para sus inmediatos coetáneos, fue el hito fundacional del nuevo orden burgués, industrial, racionalista y progresivo, empezó a ser algo remoto, pura arqueología frente a las nuevas realidades políticas y culturales emanadas del conflictivo siglo XX. Algunos autores comenzaron a cuestionar la homogeneidad de la era contemporánea así como la solidez de sus presuntos fundamentos basales: la modernización, la industrialización, el avance inapelable de la democracia y el fulgurante influjo del mito del progreso.

Arno Mayer, en La persistencia del Antiguo Régimen (1980) introdujo nuevas categorías que rompían con la continuidad cronológica de la era contemporánea. Mayer situó un primer punto de inflexión en 1914, con el estallido de lo que entonces se conoció como la Gran Guerra, un acontecimiento sin precedentes ni en en cuanto a dimensiones desde el fin del ciclo de las guerras napoleónicas en 1815, ni en cuanto a escala ni con semejante acumulación de poder destructivo como el que poseían las potencias armadas durante la segunda fase de la revolución industrial. Para Mayer, aquella conflagración fue la Guerra de los Treinta Años del siglo XX o, en una expresión que ganaría adeptos en el continente casi unificado de finales del siglo XX, la guerra civil europea.

Fue 1914, según Mayer, y no 1789 la fecha que marcó el comienzo del fin del Antiguo Régimen, un sistema que habría pervivido hasta entonces gracias a la fortaleza sustentante de una oligarquía con un fuerte componente aristocrático, dominante en lo militar, mayoritaria en los parlamentos de propietarios gracias a la restricción del sufragio y hegemónica en lo cultural, donde impuso al resto de las clases subordinadas la impronta de su sistema de valores elitista. A pesar del proceso de industrialización experimentado en Europa durante la segunda mitad del siglo XIX, el bloque oligárquico-aristocrático demostró una tenaz capacidad para oponerse a la modernización social inherente al desarrollo económico capitalista, con su correlato de urbanización, movilidad geográfica y social ascendente de amplios sectores de la población y surgimiento del proletariado.  De hecho, ni siquiera el derrumbe de los viejos imperios tras la Primera Guerra Mundial logró sofocar definitivamente la capacidad de este bloque social para reponerse y reconstruir un orden reaccionario –aunque incorporase manifestaciones propias de las nuevas técnicas de propaganda, encuadramiento y movilización de masas, como en el caso del nacional-socialismo- que acabaría colapsando definitivamente tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

La era contemporánea quedó desde entonces expuesta al bisturí epistemológico capaz de diseccionarla siguiendo las líneas de fractura de su accidentado trazado. Eric Hobsbawm empuñó el suyo para subdividirla en dos periodos: el “largo siglo XIX” y el “corto siglo XX”. El primero estaría conformado por las eras de las revoluciones, del capitalismo y el imperialismo, y su duración comprendería desde el inicio del ciclo revolucionario burgués hasta el estallido de la Gran Guerra. Por contraposición, el “corto siglo XX” se alumbró en Sarajevo, las trincheras de Verdún, el Somme y la Revolución de Octubre –en principio, un epifenómeno de la guerra mundial que acabó trascendiéndola- y murió con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética  en 1991. Para Hobsbawm, el “corto siglo XX” se estructura como un tríptico. Se abrió con una época de catástrofes, que se extendió de 1914 hasta 1945 con el desarrollo de las dos grandes megamasacres de la centuria; continuó con un periodo dilatado (de 1946 a 1973) de extraordinario crecimiento económico en el que se consolidó el Estado del bienestar y en el que las sociedades se transformaron más profundamente que en cualquier otro periodo anterior; y acabó con un nuevo periodo de crisis e incertidumbre, caracterizada por el proceso dual de la revolución neoconservadora en Occidente y la implosión del bloque socialista.

 

La era de las catástrofes (1914-1945)

 

Durante la primera fase del modelo trinitario descrito por Hobsbawm se produjo el derrumbe de la civilización occidental tal como se había conformado en el siglo anterior. Una civilización capitalista en lo económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la hegemonía de esta clase en la nueva sociedad de masas y brillante por el desarrollo sin parangón de las ciencias, el conocimiento, la extensión de la educación y el progreso moral. El “largo siglo XIX” había sido un siglo eurocéntrico, en el que el Viejo Continente había organizado en torno suyo el mundo desde el punto de vista político, económico, científico y cultural, derramando sus adelantos sobre el resto de un mundo subordinado a él por la pujanza de su industria, el crecimiento expansivo de su población y la aplastante superioridad de sus ejércitos. La Gran Guerra hizo saltar todo esto en pedazos. Entre los escombros de la vieja Europa destruida por la primera guerra industrial de la Historia se sucedieron oleadas de revoluciones, entre ellas la que por primera vez llevó al poder en la sexta parte del globo a una fuerza política abiertamente hostil al capitalismo con voluntad de extender a escala universal su modelo revolucionario. Por si ello fuera poco, una crisis derivada del estallido de la burbuja especulativa bursátil en los Estados Unidos tuvo un inmediato efecto de contagio en el fragilizado circuito financiero y comercial internacional, ocasionando una depresión de una profundidad sin precedentes que trastornó primero y modificó sustancialmente después el paradigma del capitalismo liberal del siglo XIX. En este convulso contexto, las democracias sufrieron la acometida de los totalitarismos que amenazaron con reducir su ámbito de influencia a solo una pequeña franja de la Europa nórdica y a los territorios excéntricos de América del Norte y Australia. El mundo previo al estallido de la Gran Guerra se volatilizó en la primera mitad del siglo XX. Todo aquello que parecía sólido, seguro e inmutable –el capitalismo, la democracia liberal y el imperialismo europeo- entró en un vórtice destructivo o se vino estrepitosamente abajo. La propia civilización occidental,  surgida del ciclo de las revoluciones burguesas, resultó puesta en cuestión por la reacción antimoderna, anti-igualitaria, chovinista y racista encarnada en los fascismos de entreguerras, una “modernidad reaccionaria” basada en la conjugación de un confuso programa de contravalores anti-ilustrados con las más avanzadas técnicas de agitación y movilización de masas.

La extrema crudeza de la confrontación en los años 20 y 30 fue a la vez consecuencia de la mutación de valores experimentada por quienes sobrevivieron a la violencia de las trincheras y causa de la brutalización que impregnaría la práxis política durante este periodo. Hobsbawm diseccionó el concepto de brutalización de la política en un breve ensayo para una conferencia titulado La barbarie: Guía del usuario (recopilado en Sobre la Historia, 1998). Las guerras del siglo XX confirmaron un enorme retroceso moral respecto a la concepción de lo que eran las dimensiones civilizadas del conflicto en el siglo XIX. La ingente capacidad de instrumentar una tecnología para la destrucción en masa por parte de las potencias altamente industrializadas de entresiglos no explica por sí sola las monstruosas dimensiones en coste en vidas humanas (11 millones la Primera Guerra Mundial, más de 50 millones la Segunda, cerca de 187 millones para todos los conflictos acaecidos entre 1914 y 1990). Hobsbawm nos proporciona, de nuevo, la clave interpretativa: en el siglo XX, las guerras se libraron contra la economía y la infraestructura de los estados y contra su población civil, fijándose como objetivo su destrucción tanto o más que la de sus fuerzas armadas convencionales. La irrupción de la “guerra total” supuso un salto cualitativo en  la clásica concepción del enfrentamiento armado entre ejércitos estatales: ahora, el enemigo no se encontraba enfrente, uniformado, ni las hostilidades comenzaban tras un ultimátum o advertencia explícita, ni cesaban con un tratado formal, ya fuera en forma de rendición o armisticio. En la nueva era, el enemigo era global, sin distinción entre combatientes y no combatientes, entre ejército y población civil. Los civiles podían ser la clave de la resistencia y, por tanto, se erigían en objetivos militares en sí mismos, porque en ellos se podía destruir la fuerza de producción, desplazarlos de lugar para limpiar regiones u homogeneizarlas étnicamente e incluso proceder a su exterminio en virtud de objetivos biopolíticos. El enemigo podía estar en cualquier parte: enfrente, entre nosotros o detrás. De ahí la intensidad de la movilización a través de la propaganda y la necesidad de vigilar la propia retaguardia para evitar el apuñalamiento por la espalda a manos de espías y traidores. Las guerras podían comenzar de manera preventiva y no terminar hasta el aniquilamiento de un enemigo a quien no se reconocía cuartel y con el que no cabían acuerdos. El genocidio armenio, Auschwitz, Hiroshima, Mi Lay, Kampuchea, Irak o Rwanda son los hijos naturales de esta brutalización de la política en el “corto siglo XX” en lo que atañe a los enfrentamientos entre estados.

Lo mismo cabría decir de los conflictos que enfrentaron a un estado con una organización armada. La oposición clásica del marxismo a la acción terrorista indiscriminada puede rastrearse en la reacción horrorizada de Engels al atentado con bomba de un grupo republicano irlandés contra Westminster, por considerar que cruzaba injustificablemente el límite de lo que era aceptable en el combate contra la opresión nacional al dirigirse tanto contra los representantes del régimen opresor como contra civiles inocentes. Los narodniki rusos que mataron al zar Alejandro III dejaron establecido en su programa que los individuos ajenos a su lucha contra la autocracia quedaban taxativamente excluídos de su objetivo. Nada que ver con los atentados, reforzados en su alcance por la caja de resonancia mediática, del terrorismo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, ya se hable del Ulster, la Italia o la España de los 70 y 80 o de la franquicia Al Qaeda desde el África subsahariana a Afganistán e Indonesia. Y otro tanto cabe señalar respecto a los mecanismos de respuesta de los estados contra quienes combaten su monopolio de la violencia: desde 1914 en adelante, la práctica de la tortura o del asesinato político cometido por fuerzas policiales o paraestatales supuso la ruptura de un largo periodo de evolución jurídica positiva que, durante el “largo siglo XIX”, tendió a poner fuera de la ley el maltrato físico y moral a los detenidos. Dachau, el Gulag, la Operación Cóndor o Guantánamo constituyen los epítomes de lo que el diccionario de neologismos geoestratégicos de la administración Bush denominaría “campos Alfa”, “modelos de interrogatorio mejorado” o “guerras de baja intensidad”.

 

Los “Treinta Gloriosos” años (1947-1973)

 

Si bien la dicotomía que marcó la centuria fue la confrontación entre capitalismo y comunismo –lo que en los años 50 al 70 se conoció como Guerra Fría- el desafío global lanzado por el fascismo a finales de los años 30 fue de tal calado que propició entra ambos modelos una alianza coyuntural para derrotarlo. Ello dio lugar a resultados paradójicos y seguramente no buscados por ninguna de las dos partes. La decisiva contribución de la URSS a la derrota del nazismo –pagada al alto coste de 25 millones de víctimas- contribuyó tanto a reforzar el régimen soviético en el interior como a proyectar su influencia a la mitad oriental de Europa y erigirse en modelo para los movimientos de liberación nacional que pugnaron desde los años 50 por sacudirse el yugo colonial. Sin la cuota aportada por la Unión Soviética a la victoria sobre Hitler, el resultado de la Segunda Guerra Mundial habría sido muy otro y el mundo occidental no consistiría en distintas modalidades de régimen parlamentario liberal, con unos Estados Unidos sometidos a aislamiento y bloqueo, sino en diversas variedades de regímenes autoritarios y fascistas homogeneizados étnicamente por la aplicación sin trabas de un intenso programa biopolítico en extensas zonas del continente europeo. Sin embargo, la propia pujanza de la URSS de postguerra, cuyo objetivo último seguía siendo la victoria sobre el capitalismo a nivel mundial, estimuló a este para reformarse desde dentro, acudir a los recursos de la planificación económica abandonando los viejos dogmas del laissez faire y edificar un sistema asistencial para sus clases trabajadoras que culminaría en la construcción del Estado del bienestar, el escaparate que oponer al magnetismo que el comunismo pudiera ejercer sobre la numerosa clase trabajadora industrial occidental. El capitalismo, que había tenido que hacer frente al triple reto de la Gran Depresión, el fascismo y la guerra, surgió de ella renovado y con una nueva potencia líder en sustitución de la arrasada Europa: Los Estados Unidos de América. La guerra, en última instancia, supuso para Norteamérica la puesta en tensión de todos los recursos productivos, lo que le permitió clausurar la Depresión, abordar la reconstrucción de postguerra en condiciones ventajosas y desplegar una ayuda sobre su zona de influencia europea –el Plan Marshall- con el objetivo de frenar en ella la expansión de los poderosos partidos comunistas que habían liderado la resistencia antinazi. Con ello se inició el periodo de transformación económica, social y cultural más profunda, rápida y decisiva conocida desde que existe registro histórico. Visto desde hoy –sumido otra vez en una nueva Gran Depresión desde 2008- los años que van de 1947 a 1973 y que los franceses denominaron los Treinta Gloriosos pueden considerarse la edad de oro del capitalismo mundial. Su crecimiento prefiguró la globalización al crear, por primera vez en la Historia, una economía mundial integrada cuyo funcionamiento trascendía las fronteras estatales. Desde su atalaya imperial, los Estados Unidos conformaron un ámbito atlántico de economía de mercado en el que quedó incluida toda la Europa occidental y cuyos tentáculos se prolongaron por las fisuras que la Guerra Fría abrió en las áreas periféricas del resto de los continentes. Al propio tiempo, las economías socialistas de los nuevos países independientes introdujeron en la modernidad a las viejas economías agrarias de los países atrasados e intentaron un despegue industrial bajo impulso estatal, al tiempo que en el espacio hegemonizado por la URSS en el Este de Europa se desplegaba el modelo de economía planificada.

La disputa por la hegemonía entre las dos superpotencias, nunca confrontadas directamente entre sí por el temor a la mutua destrucción asegurada por un holocausto nuclear, se resolvió a través de peones interpuestos en distintos escenarios mundiales: Sudeste asiático, África postcolonial y Latinoamérica. Ambas cosecharon éxitos y fracasos (Vietnam en el caso americano, Afganistán en el soviético), al tiempo que experimentaban en su propio seno tensiones centrífugas sofocadas mediante intervención indirecta -el Cono Sur latinoamericano, Nicaragua- o directa -la Primavera de Praga-. A la postre, el sostenimiento de esta tensión bipolar acabaría pasando una factura fatal a la URSS. El enorme coste de la carrera armamentística gravitó sobre una economía en la que la asignación prioritaria de recursos a la industria pesada, imprescindible para el salto cualitativo desde una posición de partida eminentemente agraria, había ido en detrimento de la industria de consumo, deficitaria en variedad, calidad y volúmen de producción, lo que permitía a la propaganda adversa establecer odiosas comparaciones con las sociedades de consumo occidentales. Al propio tiempo, en los países del glacis de seguridad integrados en el Pacto de Varsovia eclosionaron voces y movimientos de disidencia que denunciaban la contradicción entre un discurso emancipador reducido cada vez más a retórica y escenografía y la persistente restricción de las libertades individuales. Al desgaste del bloque socialista no fue ajena la pujanza de las fuerzas neoconservadoras que se hicieron con posiciones de poder en Gran Bretaña y los EEUU desde comienzos de los años 80, lanzando una agresiva política de rearme a la vez que impulsaban un programa de reconversión industrial, privatizaciones, desmontaje del Estado del bienestar y reestructuración integral de las relaciones sociales que habían surgido del pacto histórico entre la democracia cristiana y la socialdemocracia tras la Segunda Guerra mundial.

 

¿El fin de la Historia?

 

La acción combinada del thatcherismo-reaganismo pareció ver cumplido su propósito cuando el bloque socialista implosionó entre 1989 y 1991. Los mantras de la economía de libre mercado, que con tanta fe se habían proferido por los santones de la Escuela de Chicago desde Wall Street al Santiago de Chile ensangrentado por Pinochet eran ahora repetidos con la fe del converso desde la vieja ciudadela del Kremlin – donde elementos de la nomenklatura hicieron un rápido curso de reconversión a la cleptocracia-  hasta la Ciudad Prohibida de Pekín, en la que los ganadores de la disputa por la herencia de Mao aprendieron la lección en cabeza ajena de sus viejos adversarios rusos aplastando implacablemente cualquier conato de apertura política en Tiananmen y reedificando una versión corregida y actualizada del modo de producción asiático.  Un exultante asesor del Departamento de Estado, Francis Fukuyama, lanzó urbi et orbe a comienzos de los 90 su sentencia sobre “el fin de la Historia”, clausurada con la implantación definitiva de la pax americana, el libre mercado universal y el futuro advenimiento de la democracia perpetua. En poco más de una década, la profecía de Fukuyama quedaría hecha añicos entre los restos de las Torres Gemelas, los vuelos a Guantánamo, la ilegal guerra de Irak y la caída de Lehman Brothers.

La Historia no ha acabado. Sobre el solar de las viejas ideologías, en un proceso similar al aborrecimiento del vacío en la naturaleza, se asentaron otras certezas sobre las que Hobsbawm también había proyectado su análisis: las “tradiciones inventadas”, las resultantes de un proceso de legitimación cultural de las señas identitarias y, en concreto, de la más potente de ellas: el nacionalismo. Las guerras balcánicas de los 90 revelaron en la eterna zona lábil de Europa toda su carga letal. La conjunción de nacionalismo, religión y disputa por los recursos estratégicos se encuentra en el ADN de los conclictos palpitantes hoy en día desde el Caúcaso al África subsahariana. La otra gran línea de fractura a comienzos del siglo XXI es la que está abriendo en canal a las sociedades postindustriales afectadas por la crisis iniciada en 2008. Lo que en principio se planteó por algunos de los entonces gobernantes, como Sarkozy, como una necesidad de “refundar el capitalismo” se ha ido convirtiendo en un retorno indisimulado a los orígenes del sistema: desmontaje de los servicios públicos esenciales (sanidad, educación), devaluación de las rentas salariales, precarización de las condiciones de trabajo, desregulación de las relaciones laborales, campañas de descrédito contra los sindicatos… Como señala otro reconocido historiador, Josep Fontana, las clases dominantes de la contemporaneidad solo se plegaron a acuerdos y consensos cuando tuvieron enfrente una alternativa poderosa y organizada, desde los jacobinos y los carbonarios a los sindicalistas de diversa tendencia y los comunistas. La ausencia de alternativa ha dejado expedito el camino a la polarización social, al incremento exponencial en la desigualdad de la distribución de la renta, al despojo de lo público y a la exclusión de la capacidad de las clases populares de ejercer cualquier tipo de influencia en las decisiones del poder a través de los mecanismos de la política considerada como la fuerza de los débiles. “Todavía sigue existiendo la lucha de clases, pero la mía va ganando”, afirmó en 2011 Warren Buffet, inversor financiero, una de las principales fortunas de Estados Unidos y, paradójicamente, una de las voces que reclaman a la administración norteamericana una mayor progresividad fiscal. No vivimos una simple crisis cíclica del sistema, sino una auténtica revolución neoconservadora. Como en las grandes catástrofes del “corto siglo XX”, el mundo que salga de ella no será el mismo que entró en depresión en 2008. Los historiadores, advirtió Hobsbawm, deben ser algo más que simples cronistas, recordadores o compiladores, porque la dinámica desarticuladora de un siglo y medio de conquistas sociales y de derechos adquiridos mediante la lucha de varias generaciones requiere una destrucción de los mecanismos que vinculan la experiencia contemporánea del individuo de hoy con la de quienes le precedieron. De la recuperación de esa función social consitente en recordar lo que otros olvidan depende que, pese a todo, los logros y conquistas sociales del “corto siglo XX” no hayan sido un breve paréntesis entre dos periodos de desigualdad e injusticia extremas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s