Y la guerra en Europa no llega: las consecuencias de la batalla del Ebro.

La batalla del Ebro fue, sin duda, la más importante de la guerra civil, tanto por las consecuencias políticas que de ella se derivaron como por las causas dadas en sus prolegómenos. La operación se concibió a raíz de que, perdidas las posiciones ganadas efímeramente por la República en Teruel, el ejército franquista hendiera el frente del Este hacia el mar Mediterráneo, al tiempo que la borrasca se cernía sobre Centroeuropa en forma de la anexión de Austria y la subsiguiente reivindicación de los Sudetes checos por Hitler.

Desde comienzos de 1938 las divisiones internas en el campo republicano eran ostensibles. Un sector, encabezado por el ministro de Defensa Nacional, el socialista Indalecio Prieto, y auspiciado por el propio presidente de la República, Manuel Azaña, había llegado a la conclusión de que no había posibilidad alguna de ganar la guerra y se inclinaba hacia un armisticio con la mediación de las potencias democráticas. Enfrente, el presidente del gobierno, Juan Negrín, secundado por el Partido Comunista, seguía apostando por una política de resistencia en la perspectiva de que el entenebrecimiento del panorama internacional acabara desencadenando un conflicto a escala europea y allegando entonces a la República los apoyos que hasta ese momento le habían sido escatimados por el mantenimiento de la política internacional de No Intervención. Al propio tiempo, en los umbrales de Munich, Stalin llegó a la conclusión de que era hora que los ministros del PC abandonasen el gobierno republicano español (y que se abstuviesen de ingresar en el francés) para buscar el apoyo de Francia y Gran Bretaña ante la manifiesta voluntad expansionista alemana, materializada en el Anschluss de Austria el 12 de marzo.

 

Mientras en el exterior, en las cancillerías y en la Comintern, se discutía sobre el revisionismo diplomático de Versalles por parte de Alemania y se asistía con alarma a la anexión de Austria, en la España republicana el deterioro de las relaciones en el seno del bloque antifascista era un hecho. Los anarquistas se replegaron para consolidar una estrategia de resistencia interior a lo que percibían como la amenaza de la hegemonía comunista. Los socialistas de las tendencias anteriormente enfrentadas entre sí y ahora postergadas procedieron a reagruparse en una plataforma hilvanada por agravios comunes. Los republicanos procuraron reactivar sus adormecidas fuerzas con vistas a recuperar el apoyo de sectores burgueses y cotizar su peso en un posible proceso de mediación internacional. Se enfilaba la cuesta abajo que terminaría en la derrota. Y el PCE, que había sido una fuerza decisiva y el nervio entusiasta de la resistencia lo hacía en condiciones de claro aislamiento.

Mientras tanto, en el bando franquista, la decisión de tornarse hacia Valencia en lugar de marchar directamente hacia Barcelona como pedían Yagüe, los italianos y los alemanes, permite deducir la naturaleza de la guerra que perseguía Franco. Como han señalado Cardona y Viñas, no hay que buscar motivos militares, estratégicos o tácticos, ni mucho menos económicos o internacionales para explicar la decisión de Franco. Con su maniobra, confirmó implícitamente su deseo de hacer una guerra larga, por contraposición a los conceptos alemanes de blitzkrieg o al italiano de guerra célere. El 30 de marzo, el mando militar en Berlín había ordenado al comandante en jefe de la Legión Cóndor, general Helmut Volkmann, que comunicase a Franco el deseo germano de que continuasen las operaciones militares hasta la completa conquista de Cataluña y que no se detuviera para realizar ofensivas en otros frentes. Franco estaba seguro de que no habría intervención francesa si se aproximaba a los Pirineos: se lo habían confirmado oficiosamente al gobierno de Mussolini el 31 de marzo. Tampoco habría reacción en el Protectorado de Marruecos

 

La formación del segundo gobierno Negrín en abril de 1938 reforzó su carácter de “Unión Nacional” con el retorno de los sindicatos –CNT incluida- al Consejo de ministros y la formulación de los “trece puntos de la victoria”, un catálogo de condiciones por parte republicana para la consecución de un armisticio en condiciones aceptables. El contexto internacional estaba cada vez más enrarecido. Sobre el tapete se jugaba la reivindicación nazi sobre los Sudetes y la suerte de Checoslovaquia, la otra democracia cuyo sino fue sellado –como el de la República española-  por la vergonzosa claudicación de Chamberlain y Daladier en Munich. Mientras se consumaba la tragedia centroeuropea, el gobierno español decidió poner toda la carne en el asador y emplear su nuevo Ejército de Maniobra en el Ebro para condicionar una respuesta favorable al alto el fuego de las potencias occidentales, con el vano resultado conocido.

La situación fue analizada por el Secretariado de la Comintern en un informe aprobado el 1 de septiembre 1938. Tras un primer tributo a los logros del EPR en la contención del ataque sobre Levante y los avances en la fase inicial de la ofensiva del Ebro, la IC alertó de los tiempos difíciles que se avecinaban. Era preciso un refuerzo sistemático del ejército, la consolidación de los frentes y una vigilancia continua. Los comunistas y las fuerzas patrióticas se enfrentaban a un extenso abanico de dificultades, la primera y más grave, la presencia de derrotistas y capituladores en sus filas. La lucha contra ellos debía ser implacable, pero precaviéndose de comportamientos sectarios que pusieran en riesgo la solidez del Frente Popular y la unidad con el partido socialista. Era hora de sumar y no de dividir, momento de ampliar la base de la resistencia en la lucha por la independencia nacional, tanto en el propio territorio leal como “en el campo de Franco, entre los agentes del invasor extranjero y los buenos españoles que no consienten el pillaje de su país por los fascistas italianos y alemanes”. El fin perseguido debía ser la formación de un bloque común de todos los patriotas españoles de ambas zonas para expulsar a los invasores.

El texto es muy importante porque, por primera vez, abandonaba toda retórica de victoria y contemplaba como factible la salida del armisticio:

“En la propaganda en la zona invadida (…) deberá desarrollarse de la manera más audaz la idea de un armisticio, explicando que un armisticio y la consiguiente liquidación de la guerra por un acuerdo leal entre los patriotas españoles son posibles a condición de que las tropas de ocupación extranjeras sean arrojadas de España”.

Moscú  gestionaba ya el escenario de un futurible acuerdo para poner fin a la contienda española que pasase por la salida de las fuerzas extranjeras de territorio español. Para dar ejemplo, en la sesión del 27 de agosto se comunicó a los dirigentes españoles la retirada de las Brigadas Internacionales, con el pretendido fin de conseguir una respuesta recíproca de alemanes e italianos y una aproximación favorable a una mediación anglofrancesa. Se trataba de poner a los gobiernos que formaban parte de la Sociedad de Naciones ante sus propias contradicciones  para romper la política de No Intervención,  derrotar las aspiraciones expansionistas italoalemanas, y de paso erosionar el poder interno de estos regímenes.

En pos de este esfuerzo, los obstáculos, además de los capituladores que pudieran negociar una rendición incondicional, eran los factores que erosionaban la moral de la propia retaguardia y podían precipitar su hundimiento prematuro. Era urgente satisfacer las grandes necesidades económicas que comenzaban a manifestarse en la zona republicana –desabastecimiento, carestía, paro, mal funcionamiento de las industrias de guerra, hambre…- y castigar con mano dura a los especuladores. El gobierno debía centralizar todos los recursos y tomar en sus manos la dirección de la actividad económica del país, la dirección y la administración de las ramas industriales fundamentales, sometiendo a disciplina a los sindicatos  y otorgando garantías a los campesinos sobre la propiedad de sus tierras y sus frutos para combatir el mercado negro, proporcionándoles ayudas en forma de créditos y suministro de productos industriales,

En el plano político había que limar las tensiones existentes tanto entre el gobierno de la República y la Generalidad de Cataluña como entre el PCE y el PSUC. Esto se juzgaba por la Comintern como “el más grave de los obstáculos que se oponen hoy a la centralización y explotación racional de todos los recursos del país”. Máxime teniendo en cuenta que las diferencias podían ser explotadas por todos los adversarios de los objetivos de guerra impulsados por el gobierno: los inevitables “trotskistas y otros agentes fascistas”, los seguidores de Largo Caballero y los partidarios de una capitulación, en el interior; y los conservadores ingleses y la burguesía reaccionaria francesa, en el exterior.

En las relaciones con las otras fuerzas políticas y sindicales proletarias,  se estimaba necesaria la unidad de acción entre el PC y el PS y en el ámbito sindical, lo urgente era la realización de la unidad sindical por la fusión de las dos grandes organizaciones existentes, para lo que era necesario que los comunistas se implicasen de forma mucho más eficaz que hasta la fecha en el trabajo en este área.

A pesar de los denodados esfuerzos políticos y militares por mantener la resistencia, la capitulación democrática en Munich, el empuje arrollador del ejército franquista implementado por la ingente masa de material y apoyo militar del Eje y el agravamiento de las condiciones materiales de existencia hizo cundir la desmoralización en la zona republicana.  Los meses comprendidos entre noviembre de 1938 y febrero de 1939 fueron testigos, además de la pérdida territorial de Cataluña y, por tanto, del último bastión industrial de la República, de la ruptura definitiva de la coalición antifascista y de la forja de la trama que iba a conspirar para liquidar la guerra pese a los intentos del Gobierno Negrín y el PCE de mantener una resistencia en pos de una evacuación ordenada.

Tras la pérdida de Cataluña no eran muchos los que albergaban dudas razonables acerca del futuro y ello en la medida en que la búsqueda de una “paz honrosa” era el objetivo que compartían las corrientes que cohabitaban –cada vez de forma más irritada- en el Frente Popular. Ahora bien, las diferencias para alcanzar tal objetivo eran notorias. Negrín condensó los Trece Puntos en  tres condiciones esenciales del Gobierno, los llamados “tres puntos de Figueras”, para finalizar la guerra de una forma honorable: Independencia nacional, libre elección de su futuro régimen y ausencia de represalias. Los comunistas se adhirieron a ellos mediante una declaración del Buró Político tras su reunión de los días 30 y 31 de enero de 1939. Mundo Obrero publicó el texto el 6 de febrero.

Negrín había llegado a la convicción de que solo si se mantenía la resistencia y se lograba controlar un arco de territorio comprendido entre Valencia y Cartagena cabría prolongar la guerra lo suficiente para proceder a una evacuación ordenada a través de los puertos. Para ello decidió instalar el aparato gubernamental en la “Posición Yuste”, en la comarca de Elda, en la encrucijada de las principales vías de comunicación entre el interior y la costa mediterránea. Negrín contó de nuevo con el apoyo comunista. Tras la experiencia del derrumbamiento del aparato del Estado en Cataluña, se temía que en la zona centro-sur el colapso pudiera ser aún más rápido y catastrófico.

La consumación de esta estrategia exigía mantener a raya la posible actuación de quienes barajaban de manera cada vez más abierta la posibilidad de una negociación con el enemigo. La dirección comunista consideró gravísima la situación y puso a disposición del Gobierno todos sus activos materiales y humanos. Pero frente a Negrín y el PCE, un sector republicano en alza, desde el Presidente de la República hasta buena parte de las cúpulas política, sindical y militar, depositaba sus últimas esperanzas en algún tipo de mediación exterior de carácter diplomático y humanitario. Quienes lo integraban albergaban una profunda animadversión contra los comunistas, a los que acusaban  de proselitismo y absorción de otras fuerzas de la izquierda y por su política de penetración en los resortes del Estado y del Ejército. También compartían esta opinión mandos militares que confiaban en una negociación directa entre elementos castrenses de ambos bandos, cotizando en ella el derribo de Negrín y de los comunistas que lo apoyaban.

El cansancio ante una guerra que se juzgaba inevitablemente perdida era el principal y fundamental factor de erosión del Gobierno. Menudeaban los actos de sabotaje y las muestras de derrotismo. Las organizaciones políticas y sindicales del Frente Popular se ocupaban abiertamente de preparar la huida. Las fábricas de guerra estaban, de hecho, paralizadas, por sabotajes de la dirección, falta de abastecimientos y desmoralización absoluta de los obreros. En los frentes, la disciplina se relajaba y menudearon las deserciones en forma alarmante. Como señaló Zugazagoitia, los soldados que no se pasaban al enemigo, se retiraban buscando el camino de sus casas. Nadie quería ser el último muerto de la guerra. En las ciudades, eran “muchos los que, para no quedar expuestos a sus consecuencias, buscan contacto con el enemigo, al que sirven con el celo de quien espera hacerse perdonar una culpa grave”. Casi todos veían prácticamente la guerra perdida y se sentían impotentes ante la perspectiva que se dibujaba.

El proceso había comenzado con el corte de la zona republicana. El 21 de mayo, el secretario de organización del PCE, Pedro Checa realizó un informe demoledor sobre la situación en la zona Centro. Como el gobierno central se encontraba en Barcelona, en la región central se observó una  tendencia a constituir gobiernos y juntas de defensa populares y, como en los primeros tiempos, reaparecieron patrullas de control. Las acciones de la quinta columna habían  cobrado intensidad. Se observó también una acentuación de las deserciones, sobre todo en Ejército de Levante y en el de Maniobras.

En general, en el conjunto de la zona se respiraba un clima de debilidad y hasta de indiferencia hacia la guerra, como ocurría en Madrid. La vida política se debilitaba en todo el país. No había mítines ni asambleas de sindicatos. Los ayuntamientos funcionaban casi clandestinamente. La unidad del Ejército era débil. Proliferaba el sectarismo y cada Estado Mayor era en realidad  “un grupo de amigos”. El Frente Popular estaba  inerte por la falta de unidad entre socialistas y comunistas, lo que aprovechaban la CNT y otros para arrinconar al PC en el seno del FP. Los comunistas se encontraban cada vez más aislados. Se habían debilitado incluso las relaciones con los republicanos, que manifestaban una tendencia a hacerse un lugar propio aliándose con la CNT contra los socialistas. Se detectaba una mayor actividad de Izquierda Republicana en las zonas rurales, organizando sindicatos o ayudando inclusive al desarrollo de la CNT.

En general, el crecimiento del PCE había sido el correlato de un sentimiento ampliamente difundido entre la población de la España republicana de que el partido representaba, por su organización, su disciplina y sus apoyos exteriores, la mayor esperanza en la consecución de la victoria. El PCE había sido un polo de atracción, un referente y un refugio mientras ocupó el lugar de centralidad que le otorgaron el hundimiento de los partidos republicanos burgueses, la fragmentación del socialismo y el decaimiento anarquista. Cuando se hizo evidente que la victoria era una quimera y la derrota una certeza próxima, sus filas comenzaron a clarear a gran velocidad.

 

La ruptura de la coalición antifascista.

 

La gestación del discurso contra el PCE y contra un Negrín al que se percibía como marioneta de los intereses comunistas y soviéticos sirvió de alimento para las tentativas de llevar a la práctica algún tipo de medidas contra el Gobierno y sus aliados. Es preciso  remontarse de nuevo a los días del corte de la zona republicana para encontrar referencias a los primeros conatos de reuniones entre socialistas y anarquistas de cara a imprimir un volantazo a la deriva de la guerra.

Fue el movimiento libertario el que en sus asambleas fue dando forma al discurso que serviría como munición para el golpe casadista que colapsó a la República. La FAI desgranó un rosario de acusaciones que iban desde el proselitismo al trato de favor, pasando por la sempiterna subordinación a directrices extranjeras. La arquitectura del discurso conducía a un núcleo central en el que gravitaron dos ideas-fuerza: a) los ascensos y galardones se concedían únicamente por criterios de simpatía y de obediencia a las consignas del PCE más que por mérito y capacidad; b) las fuerzas más importantes (blindados, aviación, DECA) estaban bajo control de los consejeros soviéticos (algo totalmente falso, como puso de relieve el propio Mariano Vázquez) y, por ende, al servicio de los comunistas, mientras que  la labor de los mandos no comunistas era boicoteada. El deslizamiento se hacía evidente:

“La URSS nos ayuda pero ha puesto en primer plano sus propios intereses. Estimamos que nuestra personalidad no debe estar hipotecada y que la República y nosotros los españoles no debemos abandonar nuestra política y nuestra guerra”.

La desconfianza mutua y la incomunicación entre sectores muy significativos del Frente Popular tuvieron efectos dramáticos que se proyectaron con letal violencia a medida que el curso de la guerra se tornaba claramente contra la República. A comienzos de 1939 planeaba sobre el espectro político republicano no comunista y opositor a la línea del Gobierno Negrín un marco conceptual en el que la presunta subordinación de éste a los intereses soviéticos y la no menos presunta búsqueda de la culminación de la hegemonía por parte del PCE se enlazaban de manera inextricable. En este sentido es preciso despojar tajantemente a Casado de la “originalidad” de haber ideado la existencia de un supuesto complot comunista. Lo que Casado hizo no fue  sino adueñarse en beneficio propio de un estado de ánimo que muchos socialistas caballeristas y los anarquistas se habían encargado de inflar desde el corte de la zona republicana.

En medio de una atmósfera viciada se estaba gestando una coalición de militares profesionales, socialistas desplazados y anarquistas al desquite que iban a aprovechar el cansancio generalizado de la guerra para desplazar a quienes consideraban responsables de su decadencia, de la frustración se sus proyectos o, sencillamente, de la inútil continuación del sufrimiento civil. Los comunistas, por su parte, se movían entre el empecinamiento en sostener el esfuerzo de guerra atacando como derrotismo y traición cualquier intento de negociación o mediación para concluirla, y la desorientación por el ocultamiento de sus cartas que hacía Negrín.

El 25 de febrero de 1939 reunió el comité de enlace del movimiento libertario, en el que el representante de la FAI afirmó que con el Gobierno Negrín no había posibilidad de “hacer una paz honrosa” y que inevitablemente se necesitaba formar un gobierno “o una Junta de Defensa” a tal fin. En aplicación de los acuerdos tomados por el comité de defensa confederal del Centro, se entablaron conversaciones con otras fuerzas políticas y con Casado “para estudiar el método de una sublevación cada día más precisa e inevitable”.

No fue necesario que un goteo de disposiciones sobre personal alertase a los verdaderos patriotas de las siniestras intenciones del presidente del gobierno de entregar lo que quedaba del país a los lacayos de Moscú: Ellos ya tenían previsto cómo iban a actuar 9 días antes de que culminasen tales nombramientos. Convenía, a los efectos de proyección exterior, sumar a la trama a un sector significativo de los socialistas, para que la posible lucha que se desencadenase no pareciese una reedición de los hechos de Barcelona con casi los mismos contendientes. Para ello faltaba convencer al viejo catedrático socialista que había permanecido al margen de toda influencia durante la guerra de que prestase su prestigio al frente de la presidencia del órgano golpista a fin de sumar fuerzas –ya que no legitimidad- a un movimiento cuya cabeza era el Estado Mayor del Centro y su brazo ejecutor las fuerzas confederales del IV CE. Lo conseguirían durante los días siguientes.

Como ha señalado Ángel Viñas, Negrín había empezado a tomar medidas para reducir la influencia comunista en un sector sensible del Ejército cuyas atribuciones cubrían el territorio en el que debía organizarse la evacuación. Lo hizo procurando limar asperezas y desarrollando una línea en la que deseaba maximizar su influencia y autoridad. La rebelión cortó decisivamente toda posibilidad de evolución en el sentido que deseaba.

Para los comunistas, lo que estaba sobre el tapete no era preparar un golpe sino prever acontecimientos y contar con un aparato capaz de hacerles frente. Los comunistas habían sacado lecciones del derrumbamiento del Estado en Cataluña y temían que en la zona centro-sur fuese más rápido y catastrófico. Era preciso  montar un dispositivo que sostuviera al Gobierno y al partido, por este orden, con gente firme y segura ante la tentativa sediciosa que se aventuraba. Pero el PCE careció de decisión para adelantarse a los conspiradores, de fuerza para sofocarlos y de coordinación en la respuesta a su pronunciamiento. De ahí la variopinta gama de respuestas al golpe del 5 de marzo, que fueron desde el acatamiento en algunas provincias a la resistencia armada en Madrid, pasando por la movilización expectante en Levante. De ahí, también, el desplome  definitivo.

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