Santiago Carrillo, el estrangulador (y otros cuentos de terror).

Carrillo JSU

Un fantasma recorre internet. Desde hace unos días, este terrorífico titular rezuma morbo en la red: “Santiago Carrillo estranguló a su primera mujer y la enterró en la casa que Pasionaria tenía en París”. La rotunda afirmación es proferida por el autor de una novela de próxima aparición, intencionadamente titulada Con la piel de cordero, y forma parte de una campaña de lanzamiento con tonos llamativamente gore, capaz de estimular, con éxito asegurado, las glándulas salivares de determinado espectro mediático. El titular en cuestión es como una pedrada en un ojo: no deja indiferente. Por si acaso, su responsable añade varios ingredientes más al estofado de vísceras: Carrillo estuvo también involucrado en la condena a muerte de José Antonio Primo de Rivera y supervisó en persona el asesinato de Trotski por orden directa de Stalin. Y Paracuellos, no olvidemos Paracuellos…

El conjunto es un auténtico caramelo para paladares prejuiciados y poco exigentes, es decir, para aquellos que sientan los sudores y agonías del síndrome de abstinencia por la carencia de aquella sustancia que tan pródigamente les suministraran figuras antaño hiperactivas y hoy en detumescencia. Seguro que agotará varias tiradas de esta obra de autoedición.  Hay gente para todo.

Ahora bien, si alguien que no reúna las anteriores características siente curiosidad y se plantea adquirir el libro, debe saber que debe buscarlo en la sección de Ficción. Porque de Historia, lo que se dice Historia, nada de nada.  Algunos ejemplos:

1/Asunción Sánchez Tudela (“Chon”) estaba, de facto, separada de Carrillo desde los tiempos su estancia en Buenos Aires, en 1943. Cuando llegaron a Francia, no hicieron más que confirmar la ruptura. Él se casó con su secretaria, Carmen Menéndez, en 1949; ella lo hizo con un militante llamado Antonio Muñoz Martín que había pertenecido al RKKA (Ejército Rojo, las fuerzas armadas soviéticas), era informador del aparato de biografías de la secretaría de organización dirigida por Carrillo y Claudín en Toulouse y responsable del aparato de radio.

2/ La última referencia sobre Asunción Sánchez Tudela es de la policía francesa en el marco de la operación Bolero-Paprika que, en 1950, puso fuera de la ley al PCE en Francia. Los servicios franceses la relacionaban con el GRU (la inteligencia militar soviética) en su función de radista y sospechaban que debía estar escondida.  Efectivamente, “Chon” tenía formación como operadora de radio, capacitación que adquirió en una escuela especial soviética. Ascensión y Antonio Muñoz sortearon la redada y acabaron marchando a Cuba. Ella, que siempre había tenido una salud frágil, murió en la isla en 1958.

3/ El libro de Líster lo publicó Planeta en 1983, por lo que no es secreto de estado. Todavía se puede encontrar en Iberlibro y comprobar que, más allá de la insinuación, motivada por la animadversión que era conocida entre ambos personajes, no existe tal relato truculento en sus páginas. En todo caso, difícilmente podía haber enterrado Carrillo a su exmujer en un chalet de Pasionaria en París en torno a 1950, dado que Dolores Ibárruri residía en Moscú desde finales de 1948, cuando marchó a operarse de una afección de vesícula que se complicó y la mantuvo postrada. Desde entonces, y hasta su vuelta a España, residió en Moscú y Bucarest. La imputación tampoco es nueva: el cuento de terror anduvo rodando por las webs todavía en vida de Carrillo, sin más resonancia. Su reverdecimiento actual quizás tenga algo que ver con que 2015 es el año del centenario del personaje y ya se sabe que las efemérides redondas son buenas ocasiones para hacer caja.

4/ Que Carrillo no tuvo nada que ver en el asesinato de Trotski (la operación Pato) es algo que puede comprobar cualquiera accediendo a los archivos VENONA de la NSA (antecesora de la CIA), que están publicados, en formato facsímil, en la red. Si los servicios secretos yanquis no han tenido empacho en reconocer su propia participación en la creación del clima propicio para el derribo de Allende, por ejemplo, no se sabe por qué tendrían que enmascarar la participación de Carrillo en la eliminación del viejo líder bolchevique. Puestos a acusar, el novelista podría haber imputado a otros dirigentes españoles que sí estuvieron en el ajo,  así como en el posterior plan de evasión de la cárcel de Ramón Mercader –la operación Gnomo-. No andaban lejos de allí dos viejos conocidos de la NKVD en España, Grigulevich y Eitingon. Pero, como el autor presume de documentar sus textos, no le privemos del placer de rastrear las pistas. Aunque, si la acusación de influir en la condena a muerte del jefe de Falange está tan fundada como lo de Trotski…

5/ Si el interés del novelista era demostrar que Carrillo no era una blanca paloma, llega tarde.  Un sucinto repaso a la reciente producción historiográfica le habría ahorrado rastrear en la red listas descontextualizadas de depurados por el aparato carrillista. Siempre será más fiable Paul Preston que los cuasi anónimos plumíferos de las distintas (o no tanto) cavernas digitales. O le hubiera servido acudir a los propios fondos del archivo del PCE, donde se habría cerciorado de primera mano de que a Carrillo se le pueden atribuir otras purgas y eliminaciones en el proceso de aherrojamiento del partido bajo el estalinismo maduro. Pero claro, investigar, documentar, contrastar, contextualizar, corroborar, fundamentar y construir un relato en base a fuentes verificables es labor propia de esos sujetos aburridos, a menudo poco chispeantes y, en su mayoría, escasamente ruidosos en cuya tarjeta de presentación pone “historiador”.

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