Introducción abreviada a “Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953)”. Editorial Crítica (2015)

portadaNoviembre de 1945. Europa se encamina hacia el primer invierno de postguerra. Los comunistas, fuerza destacada de la resistencia contra el nazi-fascismo, forman ahora parte de gobiernos de unión nacional e impulsan la “batalla por la reconstrucción”. Palmiro Togliatti y Maurice Thorez, retornados del exilio soviético, se aprestan a ser ministros en sus respectivos países.

En Toulouse, en el Midi a cuya liberación han contribuido decisivamente los guerrilleros de Unión Nacional Española se reúne la plana mayor del Partido Comunista de España para celebrar el quincuagésimo cumpleaños de su secretaria general, Dolores Ibárruri. El fotógrafo Guillermo Zúñiga retrata a sus miembros a la luz de un frío pero soleado día otoñal. Su posicionamiento para la foto constituye toda una metáfora de la nueva distribución del poder real dentro de la organización: los iconos de la guerra civil, Pasionaria, Líster y Modesto, ocupan un discreta segunda fila mientras en primer plano, arrogantemente desenfadados, posan los dirigentes de la JSU: Fernando Claudín, Ignacio  Gallego y un Santiago Carrillo cuyo sempiterno cigarrillo se engasta en una boquilla francesa a la moda. En el centro, como gozne generacional, Francisco Antón sonríe con aire de galán prematuramente envejecido. En los extremos, dos hombres que desconocen que acabarán esmaltando el dilatado friso de mártires del partido. Delante, a la izquierda, Eduardo Sánchez Biedma: un año después, burlando a los policías que lo custodian, se arrojará en Madrid bajo las ruedas de un convoy del Metro para no delatar a sus camaradas. Detrás, a la derecha, Julián Grimau, el último fusilado de la guerra civil cuando falte solo uno para la celebración de los XXV años de Paz.

El ambiente es exultante. “Nos sentíamos vencedores”, comentará Carrillo muchos años después. Vencedores de una guerra mundial que asumieron como propia en la confianza de que la derrota del Eje y la liberación de Europa acarrearían, en justicia, la de su propio país. Vencedores, sí, aunque no todos hubiesen ocupado un lugar de vanguardia en el combate. Una victoria cuyo hurto, a la postre, se imputó a los designios geoestratégicos de las grandes potencias. En un par de años, las sonrisas se congelarían por efecto de la guerra fría.

Sobre  héroes, víctimas y miserables.

Este libro narra una historia dura. Es una historia de lucha y fracasos, de supervivencia y persecución, de heroísmo, traiciones y derrotas. Las instituciones, como las personas, tienen memoria. Y, como toda memoria, es selectiva. Para la memoria canónica del PCE, la que cristalizó en su crónica oficial codificada a comienzos de los años 60 del pasado siglo, en Toulouse culminó la travesía del desierto de un partido al reencuentro con su dirección histórica. En realidad, nunca estuvo huérfano de ella: lo que hubo fue una constante tensión por la primacía entre unos núcleos del interior, repetidamente desarticulados por la represión, y una cúpula dispersa por medio mundo. Fue la escenificación del drama inherente a un colectivo cuya praxis se ajustó dificultosamente a una línea trazada en la lejanía mientras procuraba esquivar, la mayor parte de las veces sin fortuna, los inmediatos y demoledores golpes policiacos.

El ámbito cronológico es el del primer franquismo (1939-1953): el periodo que va desde la instauración del régimen triunfante sobre las cenizas de un país destruido por la guerra civil que contribuyó a provocar hasta los prolegómenos de la apertura al exterior para su relativa homologación por los países occidentales en el contexto de la guerra fría. Un tiempo durante el que la brutalidad se erigió en norma y recorrió el espinazo de una sociedad española en proceso de violenta reconfiguración. Un tiempo sin concesión de cuartel al enemigo, tanto en sentido vertical –la represión estatal respondida con la lucha armada- como en horizontal, especialmente en el lado de quienes llevaban las de perder –las purgas de presuntos disidentes e infiltrados-. Por estas páginas desfilarán ejecutores y ejecutados, víctimas y verdugos: activistas que pasaron meses en detención preventiva sin juicio, sometidos a la vesania de una policía política criminal a fuer de impune, y otros que cayeron a manos de sus propios camaradas bajo la acusación, la mayor parte de las veces infundada, de traición.

Es la historia de las distintas formas de ser comunista español en el meridiano de los años 40. No era lo mismo serlo en Madrid, sometido a la amenaza constante de la caída, las torturas, el juicio sin garantías y una muy probable condena a muerte o a largos años de reclusión, que en Moscú, en el marco de un socialismo campamental, sujeto de un cóctel de sensaciones encontradas en el que se entremezclaban fidelidad, gratitud y una gradación variable de frustración obligadamente silente. No era igual ser comunista en México y contemplar los acontecimientos desde la tertulia de un café del Distrito Federal que refugiarse en un chantier del Pirineo francés, rendir a una columna alemana en La Madeleine o manejar una multicopista entre las paredes toscamente insonorizadas de una nave clandestina en Carabanchel. Si durante el periodo luminoso que, desde el punto de vista organizativo,  fue la guerra civil, la experiencia de la militancia fue relativamente homogénea e incluso gratificante, la clandestinidad y el exilio determinaron la eclosión de múltiples variantes de ser comunista, muchas de ellas abnegadas y arriesgadas, pero otras también brutales y sectarias.

Este estudio no parte, pues, de un presupuesto único. La historia de la reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo no puede ser solo ni principalmente la de su estructura organizativa, lo que en el argot se denominaba el aparato. Un análisis complejo debe ser el resultado de una visión holística y plural, que integre los aspectos superestructurales –estrategias y adecuaciones tácticas de la línea política- con los elementos que nutren de carne y sangre a la estructura organizativa partidaria: los hombres y mujeres que asumieron la tarea de reedificarlo a despecho del peligro, la de los dirigentes que imprimieron sus dogmas y la de las relaciones de poder y rivalidad, de subordinación o divergencia que mantuvieron entre sí. Esta es la historia de los comunistas durante ese tiempo sombrío: la de los cuadros y la de los militantes de base; la de los fieles y la de los herejes; la de los esforzados y la de los burócratas; la de los héroes y la de los canallas. Parafraseando a Manuel Sacristán, si el partido era una “subjetividad objetivada”, es la suma de todas estas subjetividades, armonizadas o discordantes, la que constituye el elemento central de este libro (…)

 

Entre el combate ideológico y el conocimiento histórico.

 

La historia de la reconstrucción del PCE en la primera clandestinidad ha sido contada durante mucho tiempo desde dos ámbitos principales: el autobiográfico y el basado en las fuentes secundarias. Respecto al primero, cito en la bibliografía una selección de las memorias y testimonios orales que he empleado en este trabajo. Como toda construcción personal, la gran mayoría están tejidos con la amargura del vencido y el voluntarismo del activista,  y entre sus ingredientes no faltan dosis variables de  autojustificación, melancolía  y ajustes de cuentas con el adversario, tanto ajeno como propio de la organización. Ninguna relectura del pasado, ni siquiera las autocríticas, escapa a la tentación de cohonestar las posiciones del presente. Máxime cuando la derrota fue tan perdurable, la esperanza tan alambicada y la cosecha de caídos en el camino tan ubérrima.

La democracia tiene una deuda no reparada con aquellos que tuvieron la osadía de arriesgar la libertad y la vida en la lucha contra la dictadura. Pero esa deuda es mayor respecto a los que no se resignaron a permanecer pasivos cuando más implacable se mostraba el régimen contra sus adversarios. Muchos de ellos perecieron, otros lograron sobrevivir y algunos vieron como los virajes de la línea política o las luchas intestinas les apeaban del tren de la Historia. Como en todo drama, tampoco faltaron los que ejercieron el papel de traidores. A varios de ellos se les desenmascara definitivamente en este libro (…)

Las voces de los protagonistas han quedado ya, en su mayor parte, apagadas por el tiempo. Pero dejaron huella en los expedientes policiales y judiciales o en los informes elevados a la dirección del partido para explicar su biografía militante. En este estudio se ha apostado decididamente por el trabajo con las fuentes primarias para reconstruir el mosaico del sujeto colectivo comunista durante aquellos años de hierro. Los documentos revelan trazos que hay que descodificar expurgando la peculiar sintaxis policiaca, la gárrula prosa de los procesos militares o la lengua de madera de la organización, códigos estereotipados que mistifican la realidad y entorpecen o mistifican la comprensión de los hechos y las intenciones de los actores. Hoy no hay excusa para basarse exclusivamente en la mediación de las fuentes secundarias, en las memorias como ajustes de cuentas y en la continua referencia a bibliografías que se replican sin cesar. Los archivos son accesibles y, en concreto, el del propio PCE se muestra abierto en canal para quien quiera profundizar en su historia. El lector apreciará que, precisamente, algunos de los episodios más duros están extraídos de sus fondos. Algo que, para otras parcelas de nuestra Historia contemporánea, no son capaces de garantizar en España los archivos gestionados por la Administración.

Santiago Carrillo: En los inicios de un liderazgo.

Esta es, no en último lugar pero también, la historia de los responsables de la dirección en aquel periodo, la pugna entre dos generaciones –la deslumbrada por los fulgores del Octubre soviético y la forjada en la tormenta de la guerra de España- y dos centros de poder –el exilio y el interior-. Un periodo en el que emerge la figura de quien sería, durante décadas, epítome y personificación del PCE: Santiago Carrillo. Su dilatada trayectoria, su contribución decisiva a la configuración de la España del presente ha hecho que el suyo sea uno de los rostros que habría que esculpir en un imaginario monte Rushmore de la Transición democrática. Carrillo, de quien en 2015 se conmemora su centenario, es un personaje que concita opiniones y pasiones encontradas.

Resulta delicado estudiar de forma desprejuiciada a una figura tan connotada. Los accidentes de la fisonomía real pocas veces complacen a quienes admiran o detestan a los ídolos. Cuando Stalin murió en marzo de 1953, el partido francés encargó a Picasso un retrato para la portada del número conmemorativo de L´Humanité. El pintor, militante comunista, pretendió inspirarse en la imagen del líder soviético popularizada por el novelista Henri Barbusse: cabeza de sabio, rostro de obrero, uniforme de soldado.  Pero el dibujo, ajeno al canon ortodoxo del realismo socialista, disgustó a muchos y Picasso fue objeto de acres críticas que sorteó sentenciando: “Algún día lo que me reprocharan es que haya retratado a Stalin”.

Santiago Carrillo, como ha señalado Ricard Vinyes para la generación de los años 30, protagonizó la “parte densa” del siglo XX. Otros contemporáneos  se quedaron en mitos de la guerra civil, en referentes del exilio o en iconos de la lucha antifranquista. Carrillo transitó en activo todas estas etapas del corto siglo XX español.  Por ello, su huella es más profunda y su valoración, controvertida. El trabajo del historiador no consiste en maquillar al modelo, sino en situarlo en su contexto. Exponerlo a la crítica de las fuentes. Revelar su historicidad.

La figura de Carrillo ha sido abordada desde todas las ópticas. Teclear su nombre en Google a día de hoy arroja un resultado de 1.520.000 resultados, con infinidad de concesiones al sensacionalismo. La producción impresa, mucho más limitada en cantidad, no lo es menos en cuanto al arco de juicios respecto a su trayectoria. De un lado, se encuentran los recurrentes dicterios de Ricardo de la Cierva o la inefable entrada dedicada en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia.  De otro, la propia autopercepción del exsecretario general del PCE, renovada –podría incluso decirse, renovelada- continuamente a lo largo del tiempo y en función de las necesidades del momento, como ejemplifican sus particulares memorias (…)

Si lo que hace a la Historia diferente de la Mitología es ser un relato racional basado en evidencias, ha llegado el momento, pues disponemos de ellas, de abordar cualquier perfil biográfico, por sorprendente o incómodo que resulte. Otros no disfrutaron de la longevidad ni de la notoriedad pública, pero pagaron con creces su entrega a unas ideas y a una causa sin tener la oportunidad de que sus nombres fueran rescatados alguna vez del mundo de las sombras documentales. Este libro pretende contribuir a ambas cosas.

 

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One thought on “Introducción abreviada a “Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953)”. Editorial Crítica (2015)

  1. ¡Estimado profesor Hernández Sánchez!:

    Le hago saber, aunque probablemente lo sepa, que su libro ha sido reseñado por Julius Ruiz en “revista de libros”
    http://www.revistadelibros.com/resenas/al-servicio-de-stalin

    la crítica es muy positiva, pero una de las obsesiones del Profesor Julius es el supuesto efecto negativo y pernicioso del Pacto Molotov-Ribentropp en la militancia comunista:” La década comenzó con el terremoto ideológico del pacto nazi-soviético de agosto de 1939, que aún sigue reverberando dentro del movimiento comunista internacional. ”

    Pero esot no es más que un tópico falso,la mayor parte de la militancia entendió las razones objetivas de la firma de este pacto de no agresión; el propio Santiago Carrillo se lo dejó bien claro a Debray en 1976;no hubo el menor trauma en la militancia comunista, más allá de casos anecdóticos, más bien fue a partir de 1956 cuando algunos miltantes y ex- miltantes empezaron a difundir ó asumir esta cantinela, transformado en tópico de la guerra fría.

    La profesora Annie Lacroix disecciona perfectamente el contexto asi cómo las repercusiones del pacto germanosoviético de 1939:

    —En 2009 se conmemoró el 70º aniversario de la IIª Guerra
    Mun dial. ¿Qué valoración histórica merece el pacto entre la
    URSS y Alemania?

    —Con diversos matices, somos al menos tres los historiadores
    que en estos últimos tiempos hemos establecido –basándonos
    en los materiales de archivo– que los “Pacificadores”
    franceses y británicos sólo dejaron a los soviéticos la solución
    de un compromiso provisional con el Reich1. Al negarle una
    alianza defensiva automática y recíproca como la que se produjo
    en 1914, los “Pacificadores” ya sabían desde 1933 –sus
    embajadores y agregados militares los habían informado
    regularmente desde entonces– que a falta de una alianza de
    ese tipo, Moscú, obligado a combatir solo contra el Reich,
    buscaría un arreglo en ese sentido para retrasar la fecha de
    vencimiento. Churchill, tan bien informado como todos sus
    pares, soltó una gran mentira cuando escribió en sus memorias
    (de la Guerra Fría) que “la siniestra noticia [había] estallado
    en el mundo como una bomba”. El 1º de octubre de
    1939 fue más sincero cuando en un discurso transmitido por
    los medios de radiodifusión confesó sentirse satisfecho por la
    presencia de las “fuerzas rusas […] en Polonia para bloquear
    cualquier avance nazi hacia el Este”2.
    Se han dicho tantas tonterías sobre este asunto que lo más
    sencillo es leernos, a mis colegas y a mí: el estudio serio de la
    situación entre 1933 y 1939 autoriza un juicio definitivo.”

    —¿Qué repercusión tuvo esto en la izquierda francesa?

    —En apariencia, considerable; en realidad, insignificante: el
    anticomunismo de la izquierda no-comunista era tan viejo co –
    mo el comunismo, al igual que en la derecha, y en ese escenario
    político el barullo sobre los “traidores” comunistas brinda
    un pretexto simple (y valioso) para la represión anticomunista.
    El gobierno del radical Édouard Daladier (líder de la “izquierda
    de gobierno”) que tomó posesión en abril de 1938, rico en mi –
    nistros radicales y socialistas, y apoyado hasta marzo de 1940
    por la derecha que preparaba el putsch contra la República,
    había organizado esa represión desde hacía mucho tiempo. Su
    ministro de Relaciones Exteriores, el radical Georges Bonnet, le
    había anunciado el 1º de julio de 1939 al embajador von Welc –
    zeck (que lo calificaba legítimamente de “favorito” de la gran
    banca), que “las elecciones serían suspendidas” (tal como ocurrió
    el 31 de julio), que “se prohibirían las reuniones públicas”
    y que “los comunistas” serían rápidamente “puestos en ra –
    zón”: es decir, que el encarcelamiento de los dirigentes co mu –
    nistas, a partir de septiembre de 1939, se debe a la firma del
    pac to germano-soviético… Espero con interés la refutación de
    lo que mi obra De Munich à Vichy demuestra en ese sentido.

    file:///C:/Users/O380/Downloads/1528.pdf

    un saludo muy cordial.

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