Que vengan los bárbaros, pero que vengan juntos. (Aportes al debate sobre la unidad popular).

Era cuestión de tiempo que de la crisis sistémica que se abrió en 2008 surgieran derivadas políticas. Lo que empezó pareciendo una recesión cíclica de las que caracterizaron al capitalismo contemporáneo (1929, 1973, 1992) se reveló pronto como una ventana de oportunidad para la consecución de su programa máximo por un neoliberalismo empeñado desde la revolución reaccionaria de Reagan/Thatcher en revertir el pacto social de la segunda postguerra mundial. Lo expresó en sus inicios Nicolás Sarkozy: era el momento de refundar el capitalismo. Y a fe que lo han hecho. Los procesos de devaluación interior, el recorte de derechos sociales, la liquidación de servicios públicos y, por último, las leyes restrictivas de libertades fundamentales van camino de dejar al capitalismo como nuevo, a las alturas del Manchester del siglo XIX.

Durante los primeros años de la recesión, se impuso la doctrina del shock con todos sus ingredientes. Una ciudadanía noqueada por los golpes inmisericordes del paro, la pérdida de ingresos y los salvajes recortes en servicios esenciales fue bombardeada con los eslóganes acerca de lo inevitable de las políticas de ajuste e, incluso, corresponsabilizada de lo ocurrido por haber “vivido por encima de sus posibilidades”. Como si el capitalismo, desde los tiempos el fordismo, no hubiera construido un consenso exitoso acerca de sus bondades frente a sistemas alternativos sobre la base del consumo inmediato y el pago diferido. Lo que ocurrió a partir de 2011 fue la quiebra del discurso acerca de la inevitabilidad de las políticas de austeridad y el fin de la esperanza en que la crisis se tratara de un episodio transitorio del que se saldría, antes o después y no importando el coste, para volver a los verdes campos del crecimiento, el consumo alegre y las altas tasas de ocupación. Las expresiones políticas del mundo pre-crisis, conservadores y socialdemócratas, entraron en decadencia cuando empezó a percibirse de forma generalizada su acomodación a un marco de juego global en el que una economía especulativa y volátil, cuyos designios son dictados por esa fantasmagoría denominada “los mercados”, se ha emancipado definitivamente del control de los gobiernos en el ejercicio de su soberanía. De ahí su declive, lento pero evidente en términos electorales, así como el surgimiento de nuevos actores políticos, entre ellos una izquierda transformadora en estado magmático aún por conformar.

Aun así, los resultados del 24 de mayo, la primera vuelta del ciclo electoral español que culminará en el otoño, demuestran que los que pierden no lo hacen todo lo deprisa que sería deseable y los que ganan no lo hacen con suficiente contundencia. Si a comienzos de año existían indicios fundados de que el bipartidismo estructural del régimen surgido en 1978 estaba en trance de disolución y de que había fuerzas transformadoras con posibilidades para desestabilizar el tablero, la alquimia salida de la redoma de las urnas obliga a esta izquierda a tomar decisiones urgentes en un plazo de tiempo muy breve. Podemos e IU son dos caras de ese magma que es la izquierda transformadora. Sus presupuestos de partida en la primera parte del ciclo electoral han sido muy distintos. Podemos venía de irrumpir en el panorama político tras las elecciones europeas con un ímpetu arrollador. Era una fuerza emergente surgida tanto de los aciertos propios como de los desaciertos del partido adyacente –los espacios políticos no se conquistan solo porque uno los merezca, sino porque otros se los ceden-. En su momento álgido, los últimos meses de 2014 y enero de 2015, se planteaban sin rubor asaltar los cielos en el “año del cambio”. Izquierda Unida, mientras tanto, herida por los errores de una dirección reconfortada en su visión autocomplaciente de un mundo que cambiaba a su alrededor a marchas aceleradas sin que supiera cómo interpretarlo e inmersa, una vez más, en el marasmo de sus divisiones internas, se aprestaba a cosechar fracasos espectaculares. Los resultados del 24-M tienen un sabor agridulce. Las candidaturas de Unidad Popular han triunfado en las grandes capitales, lo que constituye un hecho histórico. Desalojar al régimen de corrupción edificado por el PP durante el último cuarto de siglo no es logro menor. Abrir las puertas de las instituciones a la democracia participativa es un paso adelante trascendental. Pero no es completo: por ejemplo, la comunidad de Madrid, madre de toda la podredumbre y  laboratorio político y social de las políticas neoliberales durante más de un cuarto de siglo, sigue en manos del PP. Pese a la supuesta preocupación ciudadana por la corrupción, repetida en todas las encuestas sociológicas, el PP ha vuelto a ser el partido más votado a pesar de la letanía de casos de saqueo de lo público desglosados a diario en los medios de comunicación. Aunque la pérdida de bases territoriales ha sido acusada y el plantel de posibles sucesores de Mariano Rajoy ha quedado bastante desmochado, nadie puede, a día de hoy, descartar al PP como alternativa de gobierno tras las próximas elecciones generales, aunque sea en minoría o con el apoyo de su socio homeopático.

Ciudadanos ha resultado ser el pulmón de acero del régimen bipartidista. Surgido en Cataluña como la reedición duchada del lerrouxismo, se ha erigido, con el conveniente apoyo mediático y financiero, en un partido-balneario: el refugio del elector conservador momentáneamente desafecto o cabreado, el lugar donde puede retirarse a descansar sin poner en riesgo el estatus quo a la espera de un retorno a las lealtades tradicionales. Su funcionalidad se extiende al PSOE, a quien puede evitar el bochorno del recurso a la Gran Coalición con el PP. Porque el PSOE, a día de hoy, es un corcho que se cree un portaaviones. La recuperación de los gobiernos de varias comunidades y ayuntamientos importantes no debería embriagarle hasta hacerle olvidar que ha obtenido sus peores resultados desde 1979. Solo el hecho de superar por poco a otras fuerzas situadas a su izquierda, que lo han mantenido a flote mediante pactos para desalojar al PP de sus bastiones sirve para maquillar un balance desolador. La que fuera primera fuerza política en las grandes urbes del país no lo volverá a ser en Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza o La Coruña. Y aun peor, aquí se ha producido el para ellos temido sorpasso, que les ha relegado a la condición de fuerza auxiliar, y no principal beneficiaria, de los pactos de gobierno progresistas.

Un clásico, hoy postergado por Laclau y las multifacéticas interpretaciones de Gramsci se preguntaría ¿qué hacer? El laboratorio de las elecciones municipales y autonómicas demuestra dos cosas: que Podemos, solo, no puede, y que IU, a pesar de sus errores, mantiene una reserva de voto con el que es necesario contar. Madrid es la prueba del nueve: la confluencia ha permitido segar la hierba a Esperanza Aguirre pero el divorcio en la Comunidad ha proporcionado oxígeno a Cifuentes. Ambas fuerzas han demostrado limitaciones por separado pero, combinadas, como en el caso de las mareas gallegas y las candidaturas en común, pueden multiplicar exponencialmente la fuerza del movimiento por el cambio. Muchos son aun los recelos, pero no hay tiempo para narcisismos. Los cielos no suelen esperar mucho tiempo a quien titubea o yerra en asaltarlos.

Izquierda Unida está acometiendo un proceso de refundación en el que deberá desprenderse de posiciones condescendientes y actualizar sus fórmulas organizativas y su proyecto ideológico para relacionarse de forma más fluida con las nuevas clases emergentes –el precariado, los desposeídos sociales, los trabajadores inestables no sindicados- y sus repertorios de movilización. Alberto Garzón tiene ante sí la tarea de barrer la casa para que nunca más puedan repetirse los nocivos efectos de los liderazgos burocráticos que acaban buscando exclusivamente su autoconservación. Podemos deberá superar el síndrome de Vistalegre: en la política actual, los tiempos corren tan veloces que aquello es ya prehistoria. De aquí al otoño veremos, sin duda, nuevos desplazamientos en el comportamiento del electorado, sobre todo en la derecha. Los primeros compases de la oposición en los ayuntamientos ganados por la Unidad Popular y el tono virulento de los escuderos mediáticos dan el tono de lo que viene: la apelación al miedo a la llegada de los bárbaros. Nosotros o el caos será, sin duda, el sustrato de la campaña conservadora en las elecciones generales. Rechazar la confluencia por mor de atraillar a los demás a unas siglas dominantes supondría repetir el error de IU que dio lugar al propio nacimiento de Podemos. Este partido deberá asumir que, si lleva ventaja en la relación con los movimientos sociales surgidos del 15-M, no la tiene en lo que toca al mundo de los trabajadores sindicados, en las zonas no urbanas y en las comunidades autónomas con un fuerte componente nacionalista. En su trato con otras fuerzas- ya dijo Beiras lo de los gallos de corral- deberá estimar que existe eso que se denomina cultura de la organización y que en virtud de ella hay mucha gente que prefiere esterilizar su voto ejerciendo la lealtad a lo suyo que otorgárselo a quien considera que le mira con altivez e incluso con desprecio. Madrid, de nuevo, es el paradigma.

Lo menos que cabe esperar de quienes ya se han sentado a negociar acuerdos con Pedro Sánchez Castejón en Madrid, García Page en Castilla la Mancha o Fernández Vara en Extremadura es que hagan lo mismo con Alberto Garzón para acometer el acuerdo que posibilite una convergencia para una transformación radicalmente democrática a nivel nacional. Porque nadie, en la izquierda, va a perdonar a los que frustren esta oportunidad histórica ni se va a conformar con que el régimen del 78 se limite a dejar de ser bípedo para andar a cuatro patas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s