La economía inmoral de la multitud. Una lectura de los resultados electorales a la luz de los análisis de E.P. Thompson

En su libro Tradición, revuelta y conciencia de clase (1979 ), el historiador marxista británico Edward P. Thompson estableció el concepto de economía moral de la multitud para explicar las respuestas colectivas a la prácticas fraudulentas que comprometían la subsistencia de las clases populares en las sociedades preindustriales. El término alude a un conjunto coherente de creencias según las cuales el principio básico del abastecimiento de lo imprescindible para la vida, básicamente el pan, no debía estar sometido al dictado del beneficio del productor, el comerciante o el fabricante sino al derecho del acceso universal a su disfrute, en cantidad y calidad suficiente y a precios fijados por una autoridad política que no podía desentenderse del bienestar de sus súbditos. Por ello, no había a ojos de la multitud crímenes mayores que el acaparamiento y ocultación de grano, la especulación con su escasez, la adulteración de su calidad y, como corolario, la permisividad, la complicidad o la dejación de funciones por parte de las autoridades encargadas de velar para que todo lo anterior no quedara impune.
Los estallidos de furia conocidos como motines de subsistencias o revueltas de consumidores del siglo XVIII fueron motivados por la infracción de estas normas, erigidas -en expresión del propio Thompson- en costumbres en común. Las grandes alteraciones, que se prolongaron en Europa hasta bien avanzado el siglo XIX, comprometieron severamente en ciertos momentos el orden público y hasta el despliegue de la legislación liberalizante inherente al desarrollo del capitalismo comercial e industrial. Se trataba de convulsiones que nacían y se extendían en el seno de sociedades muy diferentes a las actuales. Sociedades en las que las formas de vida primaban lo común sobre lo individual, donde la sociabilidad se desenvolvía en el taller, la plaza, el mercado local y la vivienda vecinal. En esos espacios donde todos estaban estrechamente interrelacionados, el abuso individual prendía la mecha de la respuesta colectiva y las normas aceptadas, aquilatadas por la experiencia de generaciones, operaban con rango de ley no escrita.
No significa todo esto que las multitudes preindustriales fueran menos conservadoras que la ciudadanía contemporánea: los motines y su máxima expresión, los movimientos milenaristas, tenían como objetivo no la revolución, sino restituir un equilibrio perfecto cuya expresión más acabada era remitida a un pasado legendario, una Edad de Oro cuya antigüedad, mítica, actuaba como aval legitimador de las demandas de los alzados. “Cuando Adán cavaba la tierra y Eva hilaba -cantaban los combatientes de las guerras campesinas alemanas del siglo XVI- ¿quién era entonces el noble?”.
Viene todo esto a cuento de los análisis sociológicos de urgencia que se están realizando para comprender la victoria, basada en una significativa recuperación del voto en algunas de las regiones más afectadas por su corrupción institucionalizada, de un partido como el PP que se ha erigido en el último lustro en el paradigma de la combinación de prácticas fraudulentas y ataque despiadado contra los resortes fundamentales del estado del bienestar. ¿Por qué el electorado se muestra indulgente con la corrupción? ¿Por qué no hay una respuesta contundente, incluso airada, al menoscabo de derechos sociales penosamente conquistados por generaciones pasadas? ¿Por qué la polarización entre ricos y pobres, acentuada por una gestión neoliberal y austericida de la crisis desde su estallido en 2008 no ha ocasionado estallidos colectivos de frustración? Quizás el análisis de Thompson, aplicado al envés, pueda arrojar alguna luz sobre ello.
Las respuestas colectivas a la imposición de un modelo que, desde sus orígenes, atentaba contra los intereses de quienes carecían de canales de interlocución, capacidad de disuasión o fuerza coercitiva para frenarlo o impedirlo se dieron en sociedades donde la acción en común primaba sobre la respuesta individual. La concentración de la fuerza de trabajo, primero en los talleres y luego en las fábricas fordistas, condición necesaria de la expansión productiva del capitalismo inicial y maduro, forjó también el arma que le arrancó las concesiones que no tenían previstas en su ADN los profetas de la mano invisible: la jornada de 8 horas no sería concebible sin los sindicatos únicos que contribuyeron a extender y generalizar huelgas sectoriales como la de La Canadiense en 1919 ni las vacaciones pagadas sin la fuerza obrera concentrada en la ciudad-factoría de Billancourt, ocupada por los trabajadores de Renault en 1936, ni sin la presentida amenaza de las banlieus y cinturones rojos sobre la ciudad burguesa hasta la década de los 70.
Desde los años 80 del pasado siglo, la atomización de los lugares de trabajo, fruto de la desindustrialización del mundo occidental debido a los procesos de deslocalización favorecidos por la liberalización mundial del comercio, y el ataque concertado e implacable contra las organizaciones organizadoras de su acción, los sindicatos, ha pulverizado la fuerza de una clase obrera en acentuado proceso de pérdida de identidad. La generalización del imaginario neoliberal, que premia el éxito individual a toda costa -la filosofía del ganador frente al looser- y combate los comportamientos basados en el apoyo mutuo en lugar de en la competencia, generó, en tiempos de relativa prosperidad, una mentalidad de sálvese quien pueda. Instalada la recesión, el desarbolamiento de un estado asistencial por cuyos menguados recursos han de competir nacionales e inmigrantes exacerba una auténtica guerra civil de baja intensidad entre pobres en la que pescan los beneficiarios de la xenofobia y del discurso defensor del retorno a un status quo ideal y remoto, previo a la irrupción de la multiculturalidad, las identidades desdibujadas y la zozobra laboral, erigido en una nueva Arcadia perdida. Si a todo ello le unimos una deficiente calidad del sistema democrático por efecto remanente de una extendida mentalidad antipolítica, debeladora feroz tanto de gobernantes como de opositores pero estérilmente incapaz de aplicar, mediante el voto, correctivos regeneradores, vemos configurarse los ingredientes de una economía inmoral de la multitud en la que los comportamientos corruptos de las élites, las exacciones de derechos colectivos y los abusos de poder no penalizan a quienes los perpetran. Antes al contrario.  Las élites corruptas logran ofrecer, y que se les crea, la reconfortante sensación de que cualquier otra opción sería peor; de que solo ellas pueden ser valladar contra la disolución identitaria; y de que, con ellas, como en la fe milenarista, se retornará alguna vez a ese pasado de leche y miel donde había empleo y asistencia universal porque los dueños del capital necesario deben contar con un entorno apacible para invertirlo. A pesar de que la realidad, día a día, tozudamente, desmienta todos y cada uno de estos asertos y de que ese mundo perdido no vaya a volver jamás, al menos bajo la forma añorada.

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