La torre de los vientos: reseñas de lecturas.

21/06/2017: “¡… La fuerza del PCE!”  Auge y caída del Partido Comunista de España: últimas aportaciones historiográficas.

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En su imprescindible historia cultural del comunismo titulada Bandera Roja (Crítica, 2010), David Priestland alude al mito de Prometeo, el titán que arrancó el fuego a los dioses olímpicos para entregárselo a los hombres, como alegoría del comunismo en la era contemporánea. Desde Marx en adelante, la imagen resultó ser tan potente que reapareció de forma recurrente en los análisis de los teóricos de un movimiento que cruzó con su trayectoria el siglo XX, marcándolo de tal manera que, siguiendo a Hobsbawm, lo acotó entre los hitos de su nacimiento y muerte como sistema político. Una de las organizaciones que bebió de las fuentes de aquel Octubre que parecía anunciar un nuevo tiempo fue el Partido Comunista de España (PCE), presente –y hasta determinante- en algunos de los episodios cruciales de la historia contemporánea española: la guerra civil, la resistencia antifascista, la contribución a la formación del nuevo movimiento obrero o la lucha por las libertades democráticas. Como otros partidos comunistas del periodo, el PCE vivió mucho tiempo en condiciones de clandestinidad. Entre 1920 y 1977, con el breve intervalo de la 2ª República, casi el 80% de su existencia transcurrió en las catacumbas. De ella, la etapa sin duda más dura fue la de la represión franquista. La militancia de los comunistas bajo la dictadura remite a la historia de otro personaje mítico, Sísifo, el que fue condenado a empujar la roca hacia la cima del Acrocorinto para, una vez a punto de alcanzarla, sufrir su caída y el perpetuo retorno al punto de partida. Contumacia en la tarea, aun consciente de lo elevado del coste, que reconfortó en sus últimos momentos a militantes como Julius Fucik –Reportaje al pie de la horca (1945)- y no dejaron de destacar incluso sus adversarios, muchas veces antiguos camaradas como Jan Valtin, cuyo La noche quedó atrás (1941), modelo de la literatura del desengaño, acabó erigiéndose paradójicamente en un manual de clandestinidad.

El análisis del recorrido que llevó al PCE de cabalgar la ola de la oposición antifraquista a su colapso en los primeros trazados de la democracia daría pie, sin duda, para el temario de un postgrado en politología. Las más de cien mil personas que se reunieron en Torrelodones para el cierre de campaña de las elecciones del 15 de junio de 1977 enronquecieron bajo una lluvia extemporánea coreando un lema que era toda una declaración de orgullo orgánico: “¡Aquí se ve la fuerza del PCE!”. Un lustro después, la noche del 28 de octubre de 1982, los interventores que acudían desolados a la sede de Santísima Trinidad para constatar la magnitud de la derrota electoral, arrojaban las credenciales sobre las mesas como últimos vestigios de un naufragio. Las preguntas brotan en medio del estupor: ¿Qué había ocurrido para que el partido que hizo bandera de la reconciliación nacional hasta el punto de impregnar de ella a los sectores reformistas que acabarían prohijándola en virtud de un tránsito sin ruptura, sucumbiese precisamente cuando se clausuraban las tensiones guerracivilistas? ¿Qué pasó para que el partido cuya legalización fuera piedra de toque de la sinceridad del proyecto reformista dilapidara en poco menos de un lustro el capital político acumulado durante décadas de lucha? ¿Qué pulverizó a aquel colectivo humano capaz de la mayor abnegación en la lucha clandestina al llegar a la estación término de la cotidianeidad en la legalidad?

La primera hornada de ensayos explicativos, no pocos de ellos nacidos de la propia necesidad de autoexplicarse lo que estaba sucediendo, fue alumbrada por actores del proceso. Gregorio Morán sentó cátedra para mucho tiempo en su clásico, monumental y cada vez más inencontrable repaso a la historia del partido de cuyo aparato había sido cuadro organizativo[1]. Le acompañaron damnificados de diversa índole[2], dinosaurios caídos en escaramuzas previas[3], exdirigentes en clave de disidencia y ajuste de cuentas[4] y víctimas directas de la autofagia en la cúpula[5]. Antes, durante y tras su expulsión del PCE, quien fuera durante más de un cuarto de siglo su secretario general, Santiago Carrillo metabolizó y reelaboró, muy a su estilo, todo aquel periodo en el que el partido fue hechura de él, antes de acabar estando contra él[6].

La extinción de la cuestión comunista como elemento candente de la agenda política abrió el tiempo de los estudios académicos. Jóvenes historiadores, como Emanuele Treglia[7] y Andrea Donofrio[8] pusieron en contexto la crisis del PCE con la de los otros grandes partidos occidentales con los que compartió la estrategia eurocomunista. Juan Antonio Andrade Blanco[9], en un estudio comparativo de la evolución cruzada de la izquierda entre 1977 y 1982, añadió a la clásica perspectiva orgánica el enfoque desde abajo, la cada vez más dificultosa metabolización de los giros y de las cesiones por parte de las bases, sin la que la evaluación del veloz proceso erosivo del sustrato militante y electoral comunista resultaría francamente insuficiente.

La difuminación del PCE como agente político con presencia propia, diluido en el magma de Izquierda Unida desde la segunda mitad de la década de los 80 disminuyó su visibilidad en el ámbito de los estudios académicos, solo rescatada por los dos congresos sobre su historia convocados hasta la fecha por la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM). Ahora, cuando se cumplen cuarenta años de su legalización, llegan a los anaqueles de novedades de las librerías trabajos como los de Francisco Erice[10], Carme Molinero y Pere Ysàs[11] y Alfonso Pinilla[12].  Sería tentador invocar como explicación la magia de las efemérides, pero puede que, para un lector medio, el interés suscitado por la historia del PCE no sea ajeno al debate en la izquierda respecto a la consolidación de Podemos y la política de alianzas en pos de la ocupación del espacio a la izquierda del PSOE en el que hasta ahora campaban tradicionalmente los comunistas.

La cabal evaluación de lo que se perdió con la autolisis del PCE en los años 80 solo es posible desde la comprensión de lo que alcanzó a ser desde comienzos de los 60. El libro de Erice cubre el periodo comprendido entre la salida de los años de plomo del primer franquismo y el cambio cualitativo que supuso el nacimiento de Comisiones Obreras. Es decir, el momento en que Sísifo, sacudiéndose el polvo y escupiéndose en las manos, comenzó a empujar de nuevo con energía. Erice encuadra su enfoque en la relación dialéctica subversión/ represión o tanto monta, porque en el pugilato entablado entre la dictadura y el partido, ambos contrincantes retroalimentaron su experiencia y adecuaron sus futuros golpes extrayendo enseñanzas del estrecho contacto con su enemigo. Los comunistas reorientaron su estrategia a partir de 1956 con la formulación de la política de reconciliación nacional -el equivalente español a la svolta di Salerno del PCI en 1944- en el contexto del nuevo marco interpretativo de la situación internacional emanado del XX Congreso del PCUS y bajo la impresión del despertar de las primeras movilizaciones obreras y estudiantiles en el interior del país desde el final de la guerra.  Superar las consecuencias del conflicto civil y el aislamiento respecto al resto de fuerzas antifranquistas, salir del enclaustramiento sectario y explotar las posibilidades ofrecidas por los movimientos de protesta fueron los objetivos que hallaron su corolario en la convocatoria de las jornadas de huelga nacional de 1958 y 1959. Aunque fracasados y reputados como fruto de un desmesurado voluntarismo y de un optimismo carente de fundamento racional, ambos intentos y la reactivación organizativa de la que eran síntoma contribuyeron a una actualización de la política represiva por parte de un régimen que se estaba integrando en las organizaciones internacionales del orden mundial de la guerra fría. Erice pasa revista a este contexto, así como al marco del discurso antisubversivo y a sus materializaciones: legislación, aparatos y técnicas. Frente a los aparatos, los rostros: los sayones y las víctimas quedan retratados siguiendo un enfoque poliédrico en el que, por supuesto, no cabe la equidistancia. Es más, el autor rescata la memoria de aquellos de entre los torturados que, demasiado humanos, desmintieron en la práctica la consigna lapidaria sobre la diferencia entre doblarse y romperse. Concluye preguntándose por dos aspectos fundamentales: el grado de eficacia de la represión y su impacto en la cultura militante.

Si los años comprendidos entre 1939 y 1953 habían sido los del arrasamiento por aniquilación de toda forma de oposición y, muy en particular, de la encabezada por los comunistas, el periodo de 1956 a 1963, a pesar de abrirse y cerrarse con dos fusilamientos, el de Ricardo Beneyto- epítome de la guerrilla- y el de Julián Grimau -el último ejecutado de la guerra civil-, contempló un cambio en la naturaleza de la represión perceptible en la rebaja de la violencia punitiva, aunque se conservaran los viejos métodos de pesquisa. En otras palabras: se torturaba igual, pero se mataba menos, hasta acabar dejando de matar por imperativo del afán de normalización internacional del régimen. Ese punto lábil, explotado por las plataformas de solidaridad, junto a la llegada al activismo de nuevas generaciones que no conocieron los sangrientos años fundacionales de la dictadura y el creciente prestigio social adquirido por los líderes de los nuevos movimientos en sus entornos de lucha cotidiana, motivaron que la pura coerción, puesta a prueba desde nuevos y múltiples ángulos, acabara cediendo terreno en espacios que en los que se fueron configurando anticipos del ejercicio de la libertad en la sociedad futura.

Allá donde concluye Erice recogen el testigo Molinero e Ysàs. La lectura de su libro deja en el lector un regusto a esa melancolía a la que se refiere Enzo Traverso en su último ensayo[13]. No por sabido el final, la historia deja suscitar el interés por una época en la que muchas cosas parecían posibles.  Los autores conducen al lector por el lento, paciente y acumulativo camino del PCE hacia una posición que no dudan en calificar de hegemónica, a despecho de lo que sostienen al respecto algunos críticos de esta interpretación[14]. Conjugando fuentes orgánicas y testimonios de los protagonistas,  se transita por unos hitos referenciales que arrancan con la formulación de la política de reconciliación nacional (1956); la exitosa intuición del potencial de las nacientes Comisiones Obreras (comienzos de los 60); el impulso a los frentes de masas -obrero, estudiantil, y vecinal- a los que se suma el cultural para conformar el ariete ofensivo que golpeará a la dictadura hasta abrir en sus costuras espacios de libertad que imposibiliten la continuidad de un franquismo sin Franco; o el alejamiento de la tutela de Moscú, iniciado con la condena del aplastamiento de la Primavera de Praga (1968) y materializado, a finales de los 70, en  la formulación del eurocomunismo.

Frente a una extendida interpretación actual de la transición, a la que, en virtud de la crítica a la autopercepción complaciente de lo que se ha dado en denominar régimen del 78, se acusa de haber transigido demasiado, ser poco exigente con las demandas de radicalidad democrática en su momento y privilegiar el pacto de élites, Molinero e Ysàs argumentan que no fueron las entrevistas de salón sino la presión sostenida en calles y fábricas, durante el invierno caliente de 197 y hasta noviembre de 1976 la que frustró la continuidad del sedicente reformismo del tándem Arias-Fraga; que el pretendido abandono temprano de movimientos como el vecinal no fue sino un salto cualitativo en el ámbito de influencia y gestión, cuando los activistas  pasaron de manifestarse en los barrios a nutrir los equipos de los primeros ayuntamientos democráticos que cambiarían la fisonomía de las ciudades surgidas del urbanismo salvaje del desarrollismo; o la decisiva aportación de los comunistas a los principios sociales contenidos en la Constitución de 1978, a pesar de que su desarrollo posterior resultara frustrante por limitado e insuficiente y de que los tiempos hayan cambiado tanto que la definición de la economía social de mercado, sometida en última instancia al interés común y a la planificación (artículo 38), haya adquirido resonancias cuasi revolucionarias.

Se incurriría en leso anacronismo si se pusiera entre paréntesis que la transición se realizó bajo la amenaza permanente de la involución, dada la presencia todavía determinante de los sectores reaccionarios en los aparatos duros del estado. De aquellos pelos en la gatera que el PCE dejó para evitar una involución al estilo latinoamericano o estimulada por la red Gladio se alimentó la madeja de decisiones -reconocimiento de la bandera bicolor y de la monarquía, pactos de la Moncloa, abandono del leninismo…- que, confrontadas con los magros resultados electorales obtenidos a cambio de la muy publicitada moderación, fueron percibidas por las bases como renuncias que iban desnaturalizando a su partido sin otra contrapartida aparente que el esculpido del rostro del secretario general en el imaginario monte Rushmore de la transición española[15]. De aquella frustración derivada del contraste entre lo pretendido y lo alcanzado se derivó la crisis que acabó con el PCE por fragmentación y desangramiento.

Si algo se echa de menos en el estudio de Molinero e Ysàs es, precisamente, esa aproximación a los marcos perceptivos de la militancia, a ese imaginario violentado que resulta accesible también a través de la prensa y los documentos internos del partido, cuyo potencial fue ya señalado por Andrade. Sin ella, el relato de la crisis deriva en el relato de una vorágine autodestructiva que no es solo -aunque sea importante- el resultado de las contradicciones entre un discurso democrático hacia el exterior y el ejercicio de una verticalidad autoritaria en el interior o de una bipolaridad entre generaciones y culturas militantes. En los factores que desembocaron en el arrumbamiento a la irrelevancia en las elecciones de 1982 jugaron las estrategias políticas confrontadas tanto como las frustraciones colectivas y personales, aunque todavía quede margen para determinar en qué medida cada una de ellas.

Amargo final para un partido cuya legalización por el gobierno de Adolfo Suárez, el 9 de abril de 1977, es una de esas fechas emblemáticas del imaginario de la transición. Sobre aquel cruce del Rubicón por el presidente que provenía del Movimiento Nacional y el secretario general del partido erigido en personificación de todo lo cautivo y desarmado en abril de 1939 trata el libro de Pinilla. Fue Joaquín Bardavío quien contribuyó a bautizar la efeméride[16] y buena parte de lo que en el libro de Pinilla se relata lo contaron hace tiempo los protagonistas y sus adláteres en sus correspondientes memorias. El valor añadido que el autor aporta es la revelación del archivo personal de uno de los demiurgos decisivos en la construcción de la relación entre Suárez y Carrillo, José Mario Armero. Puede que el libro reserve pocas sorpresas para un lector con algún conocimiento del tema. Sin embargo, un historiador no puede dejar de sentirse interpelado en la misma naturaleza de su función por un ensayo basado en el afloramiento de una fuente primaria privada que trata sobre asuntos de trascendencia pública. Si el conocimiento histórico se nutre de la acumulación de estratos de evidencia, la cuestión desasosiega: ¿cuánto más está oculto en paradero desconocido? Dicho de otro modo: al igual que los de Armero, ¿dónde están los archivos personales de Suárez y Carrillo? ¿Qué alberga la fundación personal del presidente González? Salvando las incomparables distancias, ¿se están repitiendo con las figuras emblemáticas de la democracia idénticos errores que con la fundación Francisco Franco? ¿Hasta cuándo la inveterada costumbre en nuestro país de que los archivos de altas personalidades se vayan con ellos a casa, o se sometan al escrutinio purificador de sus allegados? ¿Qué nos queda por saber de los acontecimientos cruciales de la transición, al margen de lo que en su momento aflore por el levantamiento del secreto oficial? ¿Por qué podemos acceder on line a lo que la CIA elaboraba para el Departamento de Estado norteamericano[17] o a lo que WikiLeaks ha desclasificado por su cuenta y riesgo[18] y solo sabemos de su puño y letra lo que los protagonistas de aquel periodo tuvieron a bien escribir sobre sí mismos para ennoblecer una trayectoria y embellecer un epitafio?

Preguntas, preguntas…

 

[1] Gregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, Planeta, 1986.

[2] Pedro Erroteta y Peru Vega, Los herejes del PCE, Planeta, 1982.

[3] Enrique Lister, Así destruyó Carrillo el PCE, Planeta (1983).

[4] Fernando Claudín, Santiago Carrillo, crónica de un secretario general. Planeta, 1983; y Jorge Semprún, Autobiografía de Federico Sánchez, Planeta, 1977.

[5] Manuel Azcárate, Crisis del eurocomunismo. ¿Qué significa hoy ser comunista?, Argos-Vergara, 1982.

[6] Para no cansar al lector, se le remite a las distintas reediciones de sus Memorias, publicadas por Planeta desde 1994 hasta 2011, y su libro póstumo, Mi testamento político, Galaxia Gutenbeg, 2012. Un estudio sobre el perfil del personaje en Fernando Hernández Sánchez (ed.), “La(s) vida(s) de Santiago Carrillo”, informe de la revista Historia del Presente, 24, II época, Ed. Eneida, 2014, pp. 5-92.

[7] Emanuele Treglia, “Un partido en busca de identidad. La difícil trayectoria del eurocomunismo español”, Historia del Presente, 18, ED. Eneida, 2011/2, 2ª época, pp. 25-41. Del mismo autor, un estudio sobre el periodo 1939-1977: Fuera de las catacumbas. La política del PCE y el movimiento obrero. Eneida, 2012.

[8] Andrea Donofrio, “El final del eurocomunismo y el PCE”, Studia Historica, Historia Contemporánea, 31, 2013, pp. 167-191.

[9] Juan Antonio Andrade Blanco, El PCE y el PSOE en (la) transición. La evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Siglo XXI, 2012.

[10] Francisco Erice: Militancia clandestina y represión. La dictadura franquista contra la subversión comunista (1956-1963). Ediciones Trea, 2017.

[11] Carme Molinero y Pere Ysàs: Entre la hegemonía y la autodestrucción. El Partido Comunista de España, 1956-1982, Ed. Critica, 2017.

[12] Alfonso Pinilla García: La legalización del PCE.  La historia no contada, 1974-1977, Alianza Editorial, 2017.

[13] Enzo Traverso, Mélancolie de gauche. La forcé d´une tradition cachée. XIXe-XXIe siècle, La Découverte, 2016.

[14] Por ejemplo, desde la óptica socialista, Abdón Mateos: Historia del antifranquismo: historia, interpretación y uso del pasado, Flor del Viento, 2011.

[15] Fernando Hernández Sánchez, op. cit., p.6.

[16] Joaquín Bardavío, Sabado Santo rojo, Ediciones Uve, 1980.

[17] Los documentos desclasificados de la CIA se pueden descargar en formato PDF en la siguiente dirección: https://www.cia.gov/library/readingroom/collection/crest-25-year-program-archive

[18] La búsqueda en el portal de WikiLeaks (https://wikileaks.org/) arroja, a fecha de 01/05/2017, un total de 5.452 documentos relacionados con el PCE.

(Versión reducida en La Revista de Libros, junio 2017, http://www.revistadelibros.com/resenas/el-partido-comunista-de-espana-1956-1982)